miércoles, marzo 09, 2016

De Antonio Gamoneda

Saludo afectuosamente a las dignísimas autoridades civiles y académicas, con mención llena de gratitud de las que son regidoras de esta noble y tricentenaria Institución, y a vosotros, queridos y admirados compañeros en la distinción que nos congrega, y a todos ustedes, señoras, señores, amigas y amigos:

Toda significación cervantina es significación de nuestro amor y nuestro respeto a la persona y la obra de don Miguel de Cervantes. Don Miguel fue un español genial, tristemente viviente en una España polarizada en el poder económico, fuese éste monárquico, eclesial o feudal, y en la pobreza, propietaria ésta tan solo de la indefensión, el analfabetismo y el hambre.

Algo, poco, he dicho ya de la persona. Voy a decir también de la obra. Sin rehuir el tópico. Y voy a auxiliarme citando a Nazim Hitmet, el gran poeta turco del pasado siglo. Decía Nazim en unos versos de su poema “Don Quijote”:

“El caballero de la Eterna Juventud / obedeció, hacia la cincuentena, / a la verdad que latía en su corazón. / Partió una bella mañana de julio/ para conquistar lo bello, lo verdadero y lo justo. / Delante de él estaba el mundo/ con sus gigantes abyectos, / y bajo él, Rocinante, / triste y heroico. / Yo sé/ que una vez que se cae esta pasión/ y se tiene un corazón de un peso respetable, / no hay nada que hacer, Don Quijote, / nada que hacer: / hay que luchar con los molinos de viento.”

Está claro: los molinos son gigantes, los gigantes son poderosos, su ejercicio es la maldad, y el Caballero de la Eterna Juventud, el abatido, debe comprender y comprende, que su infortunada verdad sigue consistiendo en la causa necesaria de luchar contra esa maldad.

En Don Quijote, en su bella locura, hay un trasunto, una creación autorreferente de Cervantes. Incluso en el caso de que fuese inconscientemente activada, es una proyección de su vida. Don Miguel, para vivir, tenía que ofrecerse a la muerte; vender su sangre en el mercado de las batallas originadas por el enfrentamiento de intereses entre los poderosos.

Los escritores amamos la paz. Y todos ustedes. Pues bien, históricamente ahora mismo, ante el dolor español y planetario de una pobreza que comporta hambre, enfermedad y muerte, nuestro lenguaje (naturalmente, no hablo solo de la escritura poemática), ha de ser poética y moralmente subversivo. Y nuestra conducta. El sufrimiento de causa social es nuestro sufrimiento y penetra nuestra conciencia, que creación literaria que no lleve consigo conciencia no es creación.

Incruentos como Don Quijote, numantinamente resistentes, pacíficamente revolucionarios, queridos escritores cervantinos todos: “hay que luchar contra los molinos de viento”.

lunes, febrero 29, 2016

Impreso en un paquete de pastillas de hierbabuena Usher

Maestro de todo
y oficial de nada.

domingo, enero 11, 2015

La difusión de la ciencia: una labor imprescindible



En algún sombrío momento entre el siglo III y el IV d.C., la Biblioteca de Alejandría fue destruida. Las fuentes históricas difieren en si ello se debió a un saqueo, un incendio, un terremoto o el ciego fervor de una horda de fanáticos. Lo cierto es que con ella se perdió gran parte del saber antiguo, principalmente el de los griegos –pueblo especialmente dedicado al pensamiento, que dio a luz, en un parto realmente accidentado y doloroso, a nuestra cultura occidental. Nunca sabremos el monto de lo perdido ni qué hubiera significado su conservación; tal vez la humanidad hubiera dado un salto de milenios en su desarrollo científico y tecnológico.
A lo largo del tiempo, aun en los periodos de mayor oscurantismo, siempre ha habido personas dedicadas a aumentar, preservar y difundir nuestro conocimiento sobre nosotros mismos y sobre el mundo que nos rodea, incluso a costa de su bienestar y de su propia vida. ¿Por qué? Porque conocer es una actividad esencialmente humana. El famoso cogito ergo sum puede explicarse así: Descartes se enfrentó al problema de la verdad, quería encontrar un saber cuya verdad fuera irrefutable; entonces, comenzó por dudar sistemáticamente de todo, pero no podía dudar de que dudaba; y, si dudaba, pensaba; y, si pensaba, era. Pensar nos hace ser. Más aun, María Zambrano afirmó que las cosas, incluidas nuestras propias vivencias, nos piden que las transformemos en objetos de conciencia, es decir, de conocimiento, para dotarlas de realidad, de ser. Y esto nos hace infinitamente responsables de nosotros y de nuestro mundo.
Si hay personas que han consagrado su ser entero al saber, por ese mero hecho, nuestra obligación moral es tratar de comprenderlas. Pero, ¿de qué sirve el conocimiento científico en la vida diaria? De mucho. Si supiéramos un poco, procuraríamos generar menos basura, cuidar el agua, ahorrar energía y realizar todas aquellas acciones que ayudan a conservar la salud de nuestro planeta; tendríamos un mayor respeto por los otros seres vivos, porque también sienten, sueñan y, al parecer, algunos son capaces de generar y comunicar pensamientos complejos; sabríamos que el VIH-Sida sólo se contagia por el intercambio de fluidos y no discriminaríamos a quienes viven con él, y que cada vez está más cerca la creación de una vacuna, de una cura para éste y otros males; comprenderíamos que la investigación con células madre promete más beneficios reales que los problemas, todos de orden moral, que acarrea, pues los ciegos podrían ver, los sordos, oír, los paralíticos, caminar, podríamos crear órganos de repuesto a partir de nuestras propias células y solucionaríamos padecimientos que actualmente son una enorme carga social, como la diabetes y enfermedades degenerativas como el Parkinson y el Alzheimer; sabríamos que la homosexualidad es natural y que el mundo no se divide en blanco y negro, sino que tiene una infinita riqueza de colores, aceptaríamos las diferencias…
Si embargo, no podemos olvidar un hecho fundamental: la ciencia se ha convertido en un nuevo paradigma, algo así como una nueva religión. Una ciencia y una técnica sin límites morales resultan peligrosas, realmente terribles, pues podrían conducirnos a la deshumanización, a la destrucción. Conocerlas nos ayudaría también a ponerles esos límites necesarios.

Carta sobre el mundo



Querido:
Me preguntas cómo observo al mundo que me rodea. Es un cuestionamiento complejo. Muy fácilmente podría ponerme apocalíptico y afirmar que vamos en caída libre hacia la debacle. Sin embargo, creo que estamos en una encrucijada y que –escribió alguien cuyo nombre ahora no recuerdo–, como a todos los hombres, nos ha tocado en suerte vivir tiempos difíciles: ¿qué pensarían y sentirían los romanos del siglo V, cuando el Imperio estaba a punto de caer por la presión de los bárbaros y el cristianismo, el plomo y su propia corrupción?, ¿y los hombres del Renacimiento?, ¿y los de la Revolución Francesa?, ¿ los del siglo XIX?; en fin, quienes han vivido en el mundo cuando éste ha estado de parto para dar a luz a uno nuevo…
Yo soy, supra-consciente y, por tanto, dolorosamente, un hijo del siglo pasado; mal que nací en sus postrimerías. Gracias a los Filósofos de la Sospecha –Nietzsche, Freud y Marx (pero también Einstein)–, quienes derribaron los cimientos en que se sustentaba la conciencia del hombre de Occidente, un siglo de incertidumbres. Sin embargo, también un siglo de utopías –la posibilidad de hacer realidad un sueño. La primera gran revolución del siglo XX fue la mexicana, que terminó en una sangrienta lucha de caudillos por el poder y en la institucionalización de un sistema corrupto. No podemos hablar mejor de la rusa, ni de la cubana, ni de ninguna otra. Todavía la generación de mis padres, la del 68 –hito histórico en todo el mundo que, según algunos, es el inicio de nuestra famosa e ingrata posmodernidad–, intentó cambiar la realidad y ¡se dio de cabeza contra la pared!
Mi generación es hija de esa herida, que nos duele como si fuera nuestra. Sin embargo, nosotros, más cínicos, sabemos que no podemos cambiar al mundo y nos contentamos con irla pasando mal que bien. Mas vivimos en el descontento, en la frustración, en la mediocre añoranza de un sueño que jamás soñamos…
Tu generación me asusta, porque su conciencia histórica no va más allá del fin de semana pasado, y quienes no conocen su pasado están condenados a repetirlo. ¡Por favor, no repitan los errores que hemos cometido! Sin embargo, la pregunta que ahora me haces, me da una lucecita…
Como te dije, estamos en una encrucijada. Agradezco vivir en este tiempo, que me emociona y a la vez me da miedo, porque está lleno de posibilidades, que nos claman. Los hombres estamos condenados a la total libertad, que lleva aparejada una responsabilidad sin límites, y eso nos angustia, porque no hay, en realidad, dios ni destino ni convención social ni instinto en donde descargar nuestra conciencia. La respuesta a nuestros problemas, ya lo hemos visto, ya lo sabemos, no está en las revoluciones sociales, sino en el cambio individual, en que cada hombre asuma su libertad, su responsabilidad y viva a la luz de la conciencia, como nos exige la filosofía.
Ahora voy a hablarte de los monstruos…
Si un monstruo representa al siglo XX, es el de Frankenstein –aunque no haya nacido en él; su madre, Mary Shelley, fue una vidente, ¡y apenas era una chiquilla de 18 años cuando lo dio a luz!–. No sólo porque sea el hijo de una ciencia y de una técnica que han perdido sus límites morales y juegan a ser dios sobre el cadáver de Dios; sino, aun más, porque busca ser reconocido como humano y relacionarse con otros seres humanos –sólo somos seres humanos con el otro–, pero su fealdad lo impide. Que sea "el monstruo", que carezca de nombre, es sólo otro síntoma de este irreconocimiento. Es el absolutamente otro, con todo lo que tiene de temible. Y el siglo XX fue el del irreconocimiento, de la persecución del otro por ser otro: he ahí las dos guerras mundiales y demás genocidios.
Sin embargo, el monstruo de Frankenstein, si bien no es reconocido como un igual, como un semejante, como prójimo, no deja de tener algo de humano. Por eso este huérfano en busca de padre, que arroja niñas al agua para que floten como margaritas, resulta entrañable. Ahora bien, me parece que el monstruo que representa los sombríos inicios de este siglo XXI es el zombi, síntoma de una mayor deshumanización; porque el zombi no es ni siquiera otro; es la indeterminación entre la vida y la muerte; ni siquiera un animal, una cosa; es carne (flesh) que amenaza convertirnos en carne (meat). Doble deshumanización, doble irreconocimiento, que actúa en ambas direcciones. Es un retroceso a la indeterminación, al caos, lo que más nos aterroriza a los seres humanos.
Lo anterior me lleva a tu segunda pregunta: cómo me gustaría que fuera el mundo dentro de cien años. Si los hombres no cambiamos, está pregunta no tendrá sentido, porque tal vez no habrá hombres dentro de cien años. Pero me prohibí ponerme apocalíptico; así que permíteme soñar…
Nuestro gran reto es asumirnos como personas humanas y reconocer a los otros como nuestro prójimo. A los otros no sólo humanos… Te voy a contar algo que me emocionó y me hizo temblar: en la UNAM hicieron un experimento: conectaron electrodos a unos acociles y descubrieron que, cuando duermen, sueñan… ¿Cómo verán el mundo? Y, si estos seres tan primitivos, con un sistema nervioso tan rudimentario, sueñan, ¿qué no harán los delfines, las ballenas, nuestros medios hermanos, los primates superiores?
Debemos elegir nuestras prioridades y planear a largo plazo. ¿Es más importante ganar un par de dólares más o asegurar, para nuestros descendientes, un planeta habitable –hasta donde sabemos, el único–, con selvas y osos polares?
Me gustaría que el mundo dentro de cien años fuera verdaderamente el reino del hombre, reconciliado consigo mismo y con la naturaleza, en una nueva religión de real amor y sincero humanismo.

Hacia un mejor Entendimiento de la Vida sin Dios a bordo de la nave del Habla



El poeta no se pregunta si la poesía es posible después de Auschwitz. Si esta cuestión es válida, lo es para los filósofos, los historiadores, los sociólogos… qué sé yo; en fin: para los académicos, quienes sabrán contestarla con mayor pertinencia. El poeta no, porque él tiene que escribir; obedece a una necesidad vital, y esto no es idealismo romántico, sino una verdad dolorosamente comprobada: en la gótica noche de Praga, Franz Kafka tose sangre sobre el manuscrito de El proceso; unas horas antes de entregarse al abrazo mortal del mar, Alfonsina Storni envía a La nación, el famoso soneto Voy a dormir; multiplicar los ejemplos sería ocioso.
Podrá objetarse que dichos autores no vivieron el Holocausto –aunque toda la familia de Kafka fue exterminada en los campos de concentración, para entonces él ya había sucumbido a la tuberculosis. Pero de lo que se trata es de ejemplificar la escritura como una necesidad vital, incluso superior a la conservación de la propia existencia. Sin embargo, permítaseme mencionar a alguien más. Todos conocemos su historia. Me refiero a una niñita llamada Ana Frank. Ante su testimonio, la pregunta con la que inicia este texto no sólo resulta impertinente, sino denigrante para el ser humano, que no sólo es capaz de todo el horror, como nos enseñó esta niñita que vivió todo el horror. Y, ¿qué me dicen de Imre Kertész y Wislawa Szymborska? ¿Se preguntan si la poesía es posible? No lo creo; ellos escriben. Él lo hace con una lucidez que derriba cualquier lugar común. Ella, con un sentido del humor que es síntoma de sabiduría.
En la lectura de una poetisa, no una poeta, quien, pese a ser poetisa fue lo bastante inteligente para capotear la pregunta, alguien, que no era tan inteligente, le pidió su opinión acerca de la poesía contemporánea, la escrita por jóvenes hoy día, que, adelantando la respuesta, acusó de ser ininteligible, coloquial, narrativa y fea. El problema no fue que los adjetivos asignados por la también poetisa fueran contradictorios, sino que su juicio apelaba a valores harto trasnochados e ignoraba el último siglo y medio de la historia de la poesía, y de la gran poesía.
El poeta no pone en duda la posibilidad de su labor, que le es impuesta como una necesidad vital, pero debe cuestionarse acerca de sus condiciones. En un mundo donde tantos son silenciados, ejercer la palabra conlleva una enorme responsabilidad. El primer deber del poeta es para con el texto. El segundo, para con la humanidad. ¿Es que acaso el poeta ya no es testigo y conciencia de su tiempo? ¿Ya no habla por todos los que callan? Tal vez éstas sean palabras mayores, seguramente son un ideal romántico; pero, en esta época descreída y mediocre, debemos aspirar al heroísmo, con la conciencia de que nunca podremos alcanzarlo.
Este niño-poeta, Andrés Cisneros de la Cruz, no respeta las buenas maneras, las de las buenas conciencias. Ya nos ha arrastrado a la cocina para mostrarnos que somos lo que comemos y nos comemos los unos a los otros: somos el plato principal –la cabeza en bandeja de plata, con una bola de papeles borroneados en la boca y guarnición de vísceras–, y hasta el matadero, donde nuestros cuerpos, pingajos sanguinolentos que la vida-muerte rasca y rasga, cuelgan de ganchos metálicos.
Ahora dice que no hay letras para escribir tu epitafio. ¿Al oído sordo de que muerto habla? Pues al del Padre, con mayúsculas. Si es Dios, hace mucho que la filosofía lo ha matado, tapiándolo entre paréntesis, pues no hay manera de probar ni de negar su existencia, cuyos razonamientos no se derrumben por su propio peso o al golpe de la más ligera brisa, como una torre de naipes. Si es el Ser, antecedido por el artículo determinado y también con mayúsculas, es decir, el Ser de la metafísica, ocurre algo parecido que si fuera Dios. También ha sido puesto en entredicho. La fenomenología ha desplazado a la metafísica.
¿Y si tal vez se trata del Padre a quien el psicoanálisis asigna la tarea de separar al hijo de la madre para introducirlo en el orden simbólico, es decir, en la Palabra, que es la casa, por no decir la última trinchera, del Ser? Separación que es escisión, corte mediante el cual se erige un sujeto ante un objeto siempre inalcanzable.
Pero, ¿qué pasa si el Padre ha muerto y no juega su papel en la tragedia? No podemos concebir nada más allá del lenguaje: el hombre es ser de lenguaje; pero, entonces, no sometida a la Ley, la Palabra desvaría, es decir, se convierte en poesía, que es conducir el delirio a la razón sin que éste deje de ser delirio, donde ocurren las epifanías. Por eso, aunque al poeta, y a cualquier persona, no le vaya mal, sino al contrario, saber de filosofía –como de matemáticas, biología, historia u ocultismo–, la poesía no le pide sustento a la filosofía. Son medios diferentes de conocer, y a cada cual según su talante. A mí me va mejor la poesía, pues, mientras la mayor parte de la filosofía deambula en dédalos abstractos, la poesía llega a lo universal a través de lo concreto, y, si la filosofía apela a la razón, la poesía también lo hace a la emoción.
La poesía es creación, encantamiento. Es liberar a la Palabra de la Ley del Padre, trastocar los mecanismos del lenguaje, incrementar la entropía en el sistema de la lengua. Es una labor de hormiga o de carcoma que socava los cimientos. Para que el sujeto, que es sólo en tanto dice y se dice, y el objeto se desconozcan, se entreveren en la falta que es amor.
¿Y si el muerto es el padre con minúscula, el de carne y hueso? Entonces el poema encarna la dolorosa experiencia de muchos de nosotros; la consabida historia detrás de, cada vez más, muchas puertas.
Esta es la riqueza del poemario de Andrés Cisneros de la Cruz: su polisemia, hablarnos en tantos niveles. Y hacerlo con una belleza convulsa, propia de la época que nos ha tocado vivir. Sus defectos, algunas construcciones sintácticas y algunos términos que no encajan del todo con el resto, son lo de menos.
Asomémonos a la tumba, bebamos la gota de veneno que Andrés nos ofrece, Matemos al padre y no le concedamos ni una letra para escribir su epitafio; así, quizás, nos liberaremos del falo que todos llevamos dentro y seremos, tal vez, un poco más nosotros mismos, aunque no seamos más que una imagen trémula en el agua.

La belleza del mal



Conocí la poesía de Adriana Tafoya en su primer libro: Animales seniles, que trata un tema tabú: la sexualidad en la vejez. Somos animales sexuados en todo momento, de la concepción a la muerte; sin embargo, para la sociedad en la que vivimos, pareciera que únicamente lo somos al arribar a la adultez y hasta la edad madura, periodo en el que podemos ejercer nuestros goces, siempre y cuando no sean perversos –perdón, por un momento olvidé que ya no hay perversiones, sino parafilias. Sobre nuestro vecino del norte, es hipócrita, por decir lo menos, que un pueblo que condena tan severamente la pornografía infantil y la pedofilia, erotice de manera tan descarada, obscena, los cuerpos de las chiquillas en supuestos concursos de belleza. Los padres de adolescentes, prohíben a sus hijos regresar tarde cuando salen con sus amigos o parejas, y se hacen de la vista gorda ante todo lo demás, cierran los ojos al hecho de que sus retoños tienen ya vidas sexuales activas; aquí no pasa nada hasta que es demasiado tarde y hay que espantar a la cigüeña o curar la blenorragia. No hablar de la sexualidad, o reducirla a los órganos y sus funciones, es una forma de empobrecer un fenómeno infinitamente complejo, y también es un modo de matarnos.
Aunque hay antecedentes en la literatura, como la maravillosa novela de Gabriel García Márquez El amor en los tiempos del cólera y, más recientemente, Memorias de mis putas tristes, o el cuento de Clarice Lispector La búsqueda de la dignidad, el sólo pensar que los ancianos hagan el amor, nos causa repulsa: es una ridiculez, una cochinada. En gran parte, ello se debe al compulsivo culto a la juventud de nuestra sociedad. Pero en el poemario de Adriana Tafoya hay canas que se erizan de deseo, arrugas que tiemblan al contacto de otra piel, penes que aún se yerguen, váginas que vuelven a humedecerse. Hay amor aun en la muerte. Al leerlo, dije: he aquí una poeta poderosa, que tiene algo que decir y lo dice bien.
Admiro a los artistas que dominan su oficio, la técnica. Pero, más a los que, de manera consciente, escogen hablar por quienes no tienen voz y tratar los temas que la sociedad calla, que nos incomodan, que nos perturban: de los poetas malditos a Diamanda Galás. Aunque siempre en la historia del arte ha habido una corriente subterránea que se ha abocado a retratar lo que colectivamente se considera malo, cierto arte contemporáneo abierta y especialmente se regodea en lo abyecto, lo deforme, lo informe, lo monstruoso. Su riesgo es provocar el escándalo por sí mismo, sin procurar mayor reflexión.
Sangrías. Sangría es la extracción de cierta cantidad del líquido vital con fines medicinales, muy socorrida en otros tiempos, cuando la medicina no había hecho los progresos de los que disfrutamos ahora –de hecho, quien realizaba la sangría no solía ser el médico, sino el barbero, quien también podía amputar miembros y reducir fracturas, pues la cirugía no era bien vista– y aún practicada para tratar ciertos padecimientos. La sangría, cuando no devuelve la salud, mata.
No es casualidad que Adriana Tafoya haya titulado este poemario Sangrías y, Guillermo Fernández, su obra completa, Exutorio, que consiste en limpiar una herida o llaga eliminando el tejido muerto o inviable. Para el poeta, escribir es un placer culposo, repleto de dudas y sinsabores compensados por unas cuantas satisfacciones luminosas. Escribir es expulsar, abyectar lo que nos quita el sueño, nos roba el aire y la comida, nos presiona el pecho, nos impide vivir. Escribir es una labor sadomasoquista, es decir, perversa; perdón otra vez: parafílica.
Hay un poema cuyos tres fragmentos se intercalan con los otros quince textos que forman el libro: Sanguíneas. Sanguínea es un adjetivo que indica que algo es relativo a la sangre. Se relaciona etimológicamente con sanguina, una técnica de dibujo donde se utiliza un lápiz rojo oscuro hecho con hematites –hema: sangre. Dos palabras, significados emparentados, dos rostros: forma y sangre; Apolo y Dionisos.
Dicho poema inicia con una frase terrible: Si nadie piensa como tú, estás solo. Todos pensamos de manera diferente, por tanto, todos estamos solos. Y la soledad atraviesa el libro de cabo a rabo: solo está el perro que busca huevos entre basura; solo el travesti cuyo embuste feliz lo hace vulnerable a la violencia; solo el mutilado que pide limosna y a quien excitan las jóvenes que seguramente lo rechazan; sola la madre que recuerda a sus amantes idos y solos sus hijos que no tienen una parcela en su memoria, y solos los miembros de la pareja que se debaten entre el amor y la violencia; perdón, me equivoqué de nuevo, todo amor es violento.
Esto me lleva al último punto que quiero tratar: Sangrías es un poemario, en muchos momentos, tremendamente erótico, pero no es el erotismo fácil –y pornográfico– de cierta literatura mal llamada femenina. Adriana Tafoya cuestiona a Eros y lo enfrenta con Tánatos, su siamés. No hay placer sin dolor. Y, cuando estamos más cerca de la vida, lo estamos, también, de la muerte. No por nada se le llama al orgasmo pequeña muerte.
No a muchos les gusta el arte contemporáneo, pues exige de nosotros espectadores dos cosas: un estómago duro y una inteligencia abierta a las preguntas. Una belleza convulsa acorde con los tiempos. Adriana Tafoya ha dispuesto un tablero de ajedrez cuyas casillas y figuras son rojas y negras: ¿aceptan la partida? Como en todo juego, lo más importante no es quién gana y quién pierde, sino el hecho mismo de jugar.