viernes, enero 20, 2012

De Cristina Rivera Garza

POESÍA Y CULTURA POPULAR

[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]

En 1980, el artista Sol LeWitt dio a conocer uno de sus dieciocho libros de artista: Autobiografía. Se trata de una colección de más de mil fotografías en blanco y negro, dispuestas en forma de cuadrícula, usualmente nueve por página, a través de las cuales se ofrece un catalogo exhaustivo de los objetos que poblaban su entorno inmediato: el estudio en 117 de Hester Street en Nueva York. En su autobiografía aparece de todo-- muebles, utensilios, grietas, enchufes, fotografías de fotografías--excepto una imagen de él propiamente dicha. Es, en este sentido, una autobiografía sin auto. O, mejor dicho, una autobiografía sin yo. Incluso mejor: cuando hojeamos Autobiography estamos frente a un recuento personalísimo, sí, pero indirecto de la vida del catalogador. Lo que se persigue, en todo caso lo que se deja ver, es el efecto que ese alguien, que esa presencia, ha dejado como marca o como mirada sobre los objetos retratados. Es, pues, un recuento íntimo realizado a través de las trazas que tal intimidad diseminó en su alrededor, marcándolo todo a su paso. El yo, de estar en algún lado, está en la vida misma de las cosas. Y, como las fotografías se presentan en un sistema antijerárquico donde todas aparentan tener el mismo valor, el yo, de encontrarse en algún lado, se encuentra en el sistema mismo que hace funcionar a esta autobiografía como un recuento de una vida.

Unas tres décadas después, pero tratando sobre todo el campo de la poesía, Marjorie Perloff notaba que las posturas críticas asociadas a la New Sentece durante las décadas de los 60s y los 70s, tuvieron como blanco una cierta poesía de fácil acceso y sintaxis plana, hecha en versos cortos que concluían, veces más o veces menos, con una especie de epifanía que, en pocas palabras, alumbraría la ruta vital del lector. Desde su punto de vista, pues, los así llamados Language Poets destruyeron esos facilismos a través de textos a los que rigió una falta de referencialidad casi programática, una distorsión sintáctica que más de las veces intentaba recordarnos la ineludible presencia del lenguaje, así como una continua decepción de las expectativas del lector. Pero tomar una posición crítica en la era de la producción digital--una era claramente post-newsentence y post-language poetry--ha requerido tomar otro tipo de riesgos o metodologías. Lo que Perloff cataloga en Unoriginal Genius: Poetry by Other Means in the New Century es una serie de elementos que se dejan reconocer ya como parte de las así llamadas escrituras conceptualistas. Tiempo después de que Barthes y Foucault prescribieran la muerte del autor, dándole la bienvenida al mismo tiempo al nacimiento del lector en tanto autoridad última respecto al texto, Perloff señala, sobre todo, al diálogo como característica principal de los textos de la resistencia en los albores del siglo XXI. Y por diálogo entiende tanto el que se establece con textos anteriores como con textos en otros medios, pero también el diálogo que se establece también en una serie de escrituras que se hacen “a través” de otros, produciendo textos ecfrásticos que permiten al poeta articularse con y participar de ciertos discursos públicos.

Menciono tanto la Autobiography de LeWitt como algunos de los elementos que Perloff reúne en su recuento teórico e histórico de las poéticas contemporáneas porque ambas visiones me permiten leer en toda su amplitud y con mayor gozo dos libros recientemente publicados en México. Se trata de Jeffery (Obra negra), de Saúl Ordóñez —un libro que obtuvo el Premio Elías Nandino en el 2011— y La radio en el pecho, de Eduardo de Gortari, ambos publicados por Tierra Adentro.

Ya hace un par de años Ordóñez había publicado un libro ecfrástico en el que un yo mediado dialogaba con ciertas obras de arte contemporáneo. En Museo vivo, Ordóñez no intentaba criticar al museo como un obstáculo arcaico contra el cual hay que manifestarse de manera directa y rígida, sino que presentaba un entendimiento del museo como marco de referencia y, aún más, como una mediación crítica que le permitía dejar atrás el papel del poeta-visionario, para convertirse en un poeta-curador. ¿Y qué cura el poeta curador? A través del ojo de las palabras, el poeta recontextualizaba y actualizaba la obra de otros, estableciendo así una relación promiscua, francamente triangular, con un espectador que también la conocía (o querría, en todo caso, conocerla). El poeta curador, que es claramente un poeta post-expresivo, curaba el rigor mortis de la lectura definitiva. Ahora, en Jeffrey, Ordóñez echa mano de un caso tremendo de la nota roja para decir al cuerpo en el cuerpo. En la página 74, justo al final del libro, leemos: “Entre 1978 y 1991, Jeffrey Dahmer asesinó a 17 hombres. Practicó con ellos la necrofilia y el canibalismo, y conservó partes de sus cuerpos como trofeos. Por sus crímenes, se le conoce como el carnicero de Milwaukee”. Participando de ese discurso público del que hablaba Perloff, en este caso a través de este ejemplo de la cultura popular que es la nota roja, Ordóñez logra articular el lenguaje del asesinato con el lenguaje del amor. Lo logra porque no olvida en ningún momento el punto mismo de su imbricación: el cuerpo. Hablando en el lugar de Jeffrey, o hablándole a él, o tomando el lugar de la víctima, Ordóñez construye, acaso como LeWitt, una autobiografía sin auto, un recuento personal donde el yo no es un eje sino apenas un reflejo en uno de los tantos espejos que existen en cada palabra ya de por sí citada o extraída de la lectura de un recuento popular.

Alguna vez, en una charla que ofrecía para el Laboratorio Fronterizo de Escritura, el poeta Reynaldo Jiménez se quejaba del espacio tan grande que la poesía contemporánea le había cedido a las canciones populares. Eduardo de Gortari no estaba entre los 20 o 25 participantes de ese experimento fronterizo, pero bien pudo haber estado ahí, asintiendo. En La radio en el pecho, el poeta también echa mano de un discurso público--la canción escrita en inglés por grupos de gran popularidad como Radiohead o The Beatles--para trabajar con el lenguaje y la experiencia del lenguaje. Ejerciendo la traducción en el sentido más amplio de la palabra, es decir, creando covers que no aspiran a ser las canciones mismas en otra lengua sino su extraño doble o su gemelo maldito, De Gortari actualiza y re-localiza una forma que toca a ya varias generaciones de consumidores.

Más, mucho más puede ser dicho de estos dos libros intertextuales, dialógicos, citacionales, oblicuos. Básteme decir que ambos se retiran de la falsa dicotomía que por tanto tiempo estuvo a cargo de construir los diques entre La Literatura y Lo Popular (ambas con mayúsculas). Ambos son profundamente personales sin necesidad de recurrir al yo del ego lírico. Y en ambos titubea esa huella irónica o melancólica o feroz de la persona que somos cuando leemos los diarios de reojo o escuchamos las canciones del top ten.

Publicado el martes 17 de enero de 2012.

De Iván Cruz Osorio y Mijail Lamas

CUATRO LIBROS DE TIERRA ADENTRO DE 2011

El programa Tierra Adentro nace en 1990, y desde entonces se ha dado a la tarea de proyectar de forma constante el trabajo de los artistas jóvenes de nuestro país, y de manera particular a los escritores nóveles que viven y escriben en los estados. En su fondo editorial encontramos libros de los poetas que actualmente son protagonistas de nuestra poesía, entre los que se cuentan Dana Gelinas (Bajo un cielo de cal, 1991), Mario Bojórquez (Contradanza de pie y de barro, 1996), María Rivera (Traslación de dominio, 2000), Julián Herbert (El nombre de esta casa, 2002), Jorge Ortega (Cuaderno carmesí, 1997), Rogelio Guedea y Álvaro Solís (Solisón, 2005), entre muchos otros.

Gracias a la diversidad de títulos de poesía y autores de distintas regiones del país, el Fondo Editorial Tierra Adentro ofrece un panorama muy completo de la expresión poética de México. Frente a tal antecedente, en La Estantería nos hemos dado a la tarea de leer cuatro títulos aparecidos durante 2011, dos de ellos merecedores de los Premios Nacionales de Poesía Joven Elías Nandino y Francisco Cervantes. El siguiente texto trata de ser, más que un balance, un acercamiento a las más inmediatas expresiones de la poesía mexicana, así como una búsqueda de coordenadas de las orientaciones estéticas más recurrentes en estos autores, representativos, sin duda, de una muestra mucho mayor.

Jeffrey, de Saúl Ordoñez
FETA No. 444
[Poesía, 2011]

Jeffrey (obra negra) ofrece la singular unión de la nota roja con el discurso amoroso, en él, Ordoñez (1981), se decide por la subversión de los valores que erige la cultura hegemónica, que ha elevado al nivel de notoriedad mediática a sus criminales más atroces y rebajado la celebridad al nivel del excremento. La premisa es llevar a modo de monólogo psicológico el conflicto interno con guiños al exterior de Jeffrey Dahmer “el carnicero de Milwaukee”. El reto consiste en no caer en la trampa de la narración pura, lo que a veces se logra. En momentos es notable la propuesta discursiva junto al uso de coloquialismos que van creando una auténtica tensión dramática:

no hay putos en el cielo
Dios odia a los
putos arderán en el infierno
entonces qué hago aquí
hecho un Santo Cristo
un Divino Preso
un rey de burlas con la cabeza rota
de sol a sol un espantajo

Sin embargo, hay otras partes en que el libro se rinde ante la prosa funcional, ante el contar y no al “contar cantando” como mencionaba Antonio Machado:

este niño Jeffrey siempre fue muy curioso no se cansaba de observar animales recogía huesos mantenía insectos en frascos

También encontramos que el sujeto de la enunciación lírica, víctima y amante, es deliberadamente kitsch como si este elemento fuera un valor positivo per se; el yo también echa mano de los diminutivos, reforzando un halo näif como dicotomía de una pretendida atmosfera turbia, que no siempre es efectiva donde el uso esporádico de la aliteración no alcanza para dotar de fuerza este discurso.

para nosotros la noche se eriza
ácida
y la pasamos en vilo
entre el humo y el estruendo regalamos nuestra hambre
a los hambrientos […]

A pesar de esto, Jeffrey (obra negra) cumple en intentar llevar a la poesía la tensión dramática de una historia que parece más apta a la narrativa. Al final logra su cometido: transmitir, a partir de lo que cuenta, esa sensación de lo incompleto, retazos adrede de la medianía.

(...)

El corte general nos ofrece una joven poesía mexicana bien diversa, a medio tono generalmente, donde la búsqueda experimental predomina en los cuatro libros, desde distintas coordenadas y procedimientos: la reelaboración de la coloratura clásica de la poesía más prestigiosa, así como la recuperación de las vanguardias latinoamericanas (el neobarroco, el concretismo, etc.), pobre desde la perspectiva retórica, pasando por la poesía del lenguaje, la utilización ad nauseam del fragmento, hasta llegar a los códigos de la modernidad puesta en crisis, que incluye variopintos ejes temáticos y la hibridez de géneros.

(FRAGMENTO)

IVÁN CRUZ OSORIO (Tlaxiaco, Oaxaca, México, 1980). Poeta, ensayista y traductor. Terminó la carrera de Lengua y Literaturas Modernas Inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es codirector y editor de Malpaís ediciones; miembro del consejo editorial de la revista de literatura y gráfica Viento en vela; y fundador y co-organizador de El Vértigo de los aires. Encuentro de poesía. Es autor de los poemarios Tiempo de Guernica (2005) y Contracanto(2010). Poemas suyos han sido publicados en diversas antologías nacionales e internacionales. Fue becario del programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (2009-2010), en el área de poesía.

MIJAIL LAMAS es poeta, traductor y crítico. Nació en Culiacán, Sinaloa, el 22 de febrero de 1979. Ha publicado los libros de poemas Contraverano (2007), Cuaderno de Tyler Durden seguido de Fundación de la casa (2008) y Un recuento Parcial de los Incendios, selección de poemas (2009).

sábado, diciembre 31, 2011

Impreso en un paquete de mentas Usher

Hay tres cosas que nunca vuelven atrás. La palabra pronunciada, la flecha lanzada y la oportunidad perdida.

sábado, octubre 15, 2011

De Andres Cardo

Museo vivo

de Saúl Ordoñez

Sin duda el estilo de Saúl Ordoñez está configurado en la búsqueda de un lector que no es de fácil aprehensión, pues dentro de sus estructuras genera diálogos que se incrustan en el ojo como una espina, y de pronto, el "intertexto" es una especie de cubierta de vidrio que cuida que no se toque esa escena, ese suceso que transcurre frente al espectador que ha decidido visitar este Museo lírico, y vertido en diálogos cotidianos, emocionales, y cargados de significados irrefutables. Vemos exhibidas las vidas de seres que en algún momento fueron humanos (algunos todavía lo son), y que ahora cuelgan en nuestra mente como palabras, como figuraciones, o incluso trazos de un pasado que nos conforma y nos da noción de las paredes mismas de una realidad que se ha vuelto Museo mismo de nuestros recuerdos: es decir, espejos para reconocernos parte de una Historia general, y al mismo tiempo disociarnos, sentirnos ajenos, particulares, individuos capaces de odiarse a sí mismos. Los personajes son todos seres de un modo u otro, figuras radicales, y que en su época fueron giros para la visión del mundo, sea por su fuerza, o por su involuntaria composición del arte. Encontramos desde performers mexicanos, como Lorena Wolffer, o Frida Kahlo, pasando por Rodin, Marilyn Manson, o Chirico, hasta una serie de pintores y artistas contemporáneos que dan pauta a cuartos-sala donde se desarrollan las preguntas, las dudas de un niño poeta que mira a sus mayores sin saber muy bien lo que le responden. Saúl Ordoñez nos entrega en este su segundo libro (primero fuera de una antología), la certeza de que su próximo libro, que pronto estará circulando en México, editado también por el Fondo Tierra Adentro, y merecedor del Premio Elías Nandino 2011, será un viaje oscuro, de pinceladas espesas, y con la claridad de una luz bien dirigida sobre el lienzo para que podamos degustarlo.

Andres Cardo

en Semanario Deportivo de Poesía, sábado, julio 30, 2011

jueves, octubre 06, 2011

Texto para la exposición GESTUS de Rocco Almanza

GESTUS


Emmanuel Levinas afirma que en el rostro del otro vemos la huella de Dios. Y ésta nos demanda: No me mates; antes bien, ámame por sobre ti mismo. Es tal la demanda, que procuramos huir del rostro. Cuando se nos pregunta por nuestro hermano, respondemos como Caín y volvemos el propio rostro para perdernos. Sólo nos miramos a los ojos cuando nos damos en el amor y al dar muerte. Eros y Tánatos, amor y muerte, vida y muerte unidos por siempre en el rostro cuando es gesto puro.
Si el rostro es huella, lo es de un gesto. El paso de Dios en un pasado absoluto, que nunca fue presente. Pero está siempre presente, pues su tiempo es el del mito, y la materia del arte es mítica, zona de sacralidad.
La divinidad cuya huella vemos en los rostros creados por Rocco Almanza, es múltiple. Luz, pero también tiniebla. O luminosa oscuridad, para utilizar una imagen cara al misticismo, que no teme las aparentes contradicciones de la dualidad. Como sus maestros de la Nueva Figuración, Francis Bacon, pero también Lucian Freud, a quienes debe mucho, Rocco no duda en representar al hombre como señor de un reino miserable.
Etimológicamente, “persona” deriva de “máscara”. Devenimos personas cuando adquirimos un rostro. Entonces, el rostro también es una máscara. Tal vez de ahí la obsesión de Rocco por representarlos. Pela la cebolla hasta llegar a ese vacío pleno que es su corazón.
Y el corazón de la obra es el gesto del artista: el trazo, la mancha, la permanente búsqueda de la abstracción tras la anécdota figurativa. Es en el detalle donde Rocco se encuentra con Jackson Pollock y Willem de Kooning. Toda obra plástica debe funcionar de manera abstracta, como un conjunto ordenado de colores con peso propio, como los sonidos y silencios en una obra musical, ya sea de Mozart o de Xenakis.
El gesto es fruto de la pasión. Al menos, lo es en Rocco, quien trabaja minuciosamente sus piezas hasta encontrar el color y la textura adecuados, quien crea rostros y más rostros, cuerpos y más cuerpos. ¿Cuándo se concluye una obra? Nunca. Cada pieza forma parte de un devenir, de un discurso cautivo del puro decir, pues los hombres somos en tanto nos decimos.
¿Qué ha encontrado Rocco en su obra? Lo ignoro. Y tal vez no quiero saberlo. Como espectador, sus piezas me conmueven, despiertan en mí múltiples emociones, no todas agradables. Ante esos ojos que se multiplican y nos atraviesan sin mirarnos, esos rostros y sus grafías que no están ahí para leerse, sino como la huella de un gesto, uno no puede quedar indiferente. Ahí el arte.

Octubre 2011

miércoles, octubre 05, 2011

Carta

Querido:
Me preguntas cómo observo al mundo que me rodea. Es un cuestionamiento complejo. Muy fácilmente podría ponerme apocalíptico y afirmar que vamos en caída libre hacia la debacle. Sin embargo, creo que estamos en una encrucijada y que –escribió alguien cuyo nombre ahora no recuerdo–, como a todos los hombres, nos ha tocado en suerte vivir tiempos difíciles: ¿qué pensarían y sentirían los romanos del siglo V, cuando el Imperio estaba a punto de caer por la presión de los bárbaros y el cristianismo, el plomo y su propia corrupción?, ¿y los hombres del Renacimiento?, ¿y los de la Revolución Francesa?, ¿ los del siglo XIX?; en fin, quienes han vivido en el mundo cuando éste ha estado de parto para dar a luz a uno nuevo…
Yo soy, supra-consciente y, por tanto, dolorosamente, un hijo del siglo pasado; mal que nací en sus postrimerías. Gracias a los Filósofos de la Sospecha –Nietzsche, Freud y Marx (pero también Einstein)–, quienes derribaron los cimientos en que se sustentaba la conciencia del hombre de Occidente, un siglo de incertidumbres. Sin embargo, también un siglo de utopías –la posibilidad de hacer realidad un sueño. La primera gran revolución del siglo XX fue la mexicana, que terminó en una sangrienta lucha de caudillos por el poder y en la institucionalización de un sistema corrupto. No podemos hablar mejor de la rusa, ni de la cubana, ni de ninguna otra. Todavía la generación de mis padres, la del 68 –hito histórico en todo el mundo que, según algunos, es el inicio de nuestra famosa e ingrata posmodernidad–, intentó cambiar la realidad y ¡se dio de cabeza contra la pared!
Mi generación es hija de esa herida, que nos duele como si fuera nuestra. Sin embargo, nosotros, más cínicos, sabemos que no podemos cambiar al mundo y nos contentamos con irla pasando mal que bien. Mas vivimos en el descontento, en la frustración, en la mediocre añoranza de un sueño que jamás soñamos…
Tu generación me asusta, porque su conciencia histórica no va más allá del fin de semana pasado, y quienes no conocen su pasado están condenados a repetirlo. ¡Por favor, no repitan los errores que hemos cometido! Sin embargo, la pregunta que ahora me haces, me da una lucecita…
Como te dije, estamos en una encrucijada. Agradezco vivir en este tiempo, que me emociona y a la vez me da miedo, porque está lleno de posibilidades, que nos claman. Los hombres estamos condenados a la total libertad, que lleva aparejada una responsabilidad sin límites, y eso nos angustia, porque no hay, en realidad, dios ni destino ni convención social ni instinto en donde descargar nuestra conciencia. La respuesta a nuestros problemas, ya lo hemos visto, ya lo sabemos, no está en las revoluciones sociales, sino en el cambio individual, en que cada hombre asuma su libertad, su responsabilidad y viva a la luz de la conciencia, como nos exige la filosofía.
Ahora voy a hablarte de los monstruos…
Si un monstruo representa al siglo XX, es el de Frankenstein –aunque no haya nacido en él; su madre, Mary Shelley, fue una vidente, ¡y apenas era una chiquilla de 18 años cuando lo dio a luz!–. No sólo porque sea el hijo de una ciencia y de una técnica que han perdido sus límites morales y juegan a ser dios sobre el cadáver de Dios; sino, aun más, porque busca ser reconocido como humano y relacionarse con otros seres humanos –sólo somos seres humanos con el otro–, pero su fealdad lo impide. Que sea "el monstruo", que carezca de nombre, es sólo otro síntoma de este irreconocimiento. Es el absolutamente otro, con todo lo que tiene de temible. Y el siglo XX fue el del irreconocimiento, de la persecución del otro por ser otro: he ahí las dos guerras mundiales y demás genocidios.
Sin embargo, el monstruo de Frankenstein, si bien no es reconocido como un igual, como un semejante, como prójimo, no deja de tener algo de humano. Por eso este huérfano en busca de padre, que arroja niñas al agua para que floten como margaritas, resulta entrañable. Ahora bien, me parece que el monstruo que representa los sombríos inicios de este siglo XXI es el zombi, síntoma de una mayor deshumanización; porque el zombi no es ni siquiera otro; es la indeterminación entre la vida y la muerte; ni siquiera un animal, una cosa; es carne (flesh) que amenaza convertirnos en carne (meat). Doble deshumanización, doble irreconocimiento, que actúa en ambas direcciones. Es un retroceso a la indeterminación, al caos, lo que más nos aterroriza a los seres humanos.
Lo anterior me lleva a tu segunda pregunta: cómo me gustaría que fuera el mundo dentro de cien años. Si los hombres no cambiamos, está pregunta no tendrá sentido, porque tal vez no habrá hombres dentro de cien años. Pero me prohibí ponerme apocalíptico; así que permíteme soñar…
Nuestro gran reto es asumirnos como personas humanas y reconocer a los otros como nuestro prójimo. A los otros no sólo humanos… Te voy a contar algo que me emocionó y me hizo temblar: en la UNAM hicieron un experimento: conectaron electrodos a unos acociles y descubrieron que, cuando duermen, sueñan… ¿Cómo verán el mundo? Y, si estos seres tan primitivos, con un sistema nervioso tan rudimentario, sueñan, ¿qué no harán los delfines, las ballenas, nuestros medios hermanos, los primates superiores?
Debemos elegir nuestras prioridades y planear a largo plazo. ¿Es más importante ganar un par de dólares más o asegurar, para nuestros descendientes, un planeta habitable –hasta donde sabemos, el único–, con selvas y osos polares?
Me gustaría que el mundo dentro de cien años fuera verdaderamente el reino del hombre, reconciliado consigo mismo y con la naturaleza, en una nueva religión de real amor y sincero humanismo.

domingo, julio 31, 2011

Ring-a-ring-a-roses,
A pocket full of posies;
Hush! hush! hush! hush!
We’re all tumbled down.

jueves, julio 28, 2011

De Cristina Rivera Garza

En los momentos más solemnes, por ejemplo cuando una persona se arrodilla, suele aparecer en el aire la mosca del presente.

Rivera Garza, Cristina. (2011) El disco de Newton. Diez ensayos sobre el color. México: Bonobos, UNAM.