lunes, marzo 06, 2006

El probrecito lector x

Las encuestas muestran que México no es un país de lectores; aunque no es necesario recurrir a ellas para advertir que aquí la lectura es una actividad minoritaria, basta voltear a nuestro alrededor y preguntar quién lee y qué lee. Mucho se ha debatido y escrito sobre esta penosa situación, sin que se haya encontrado una propuesta efectiva para cambiar el panorama de esta nación de analfabetos funcionales.

Llamémosle x. En su labor cotidiana como profesor de literatura en una escuela preparatoria, el reto más difícil al que se enfrenta, es involucrar a los alumnos con el arte de la palabra. Pueden memorizar fechas, nombres, periodos, títulos y demás datos variopintos para contestar los exámenes –con suerte, los recordarán en el mediano plazo –, pero a duras penas leen, y su nivel de comprensión y significación de los textos es poco menos que lamentable.

Pero x no toma una postura apocalíptica o inquisitorial para con la juventud mexicana, a la cual pertenece. De hecho, y según las encuestas, son naturalmente los jóvenes, los estudiantes, sobre todo aquéllos de nivel profesional, quienes más leen entre la población del país.

Además, los hábitos y habilidades lectoras de sus alumnos son muy dispares. Hay quienes apenas han leído; hay quienes leen continuamente y lo hacen muy bien.

Todo esto lo ha llevado a preguntarse acerca de sus razones para formar parte de la minoría lectora. En primer lugar, está el placer ante la obra de arte estéticamente lograda. El goce ante la perfección, la envergadura de la Iliada, la Odisea, la Eneida, la Divina Comedia, el Cántico Espiritual, El Quijote, Primero Sueño, El Barco Ebrio, las Iluminaciones, Ulises, La Muerte de Virgilio, Muerte sin Fin, o Piedra de Sol. El deslumbramiento ante la frase donde la lengua se transfigura y vibra más viva que nunca. La línea que parece comprender el universo entero. ¡Y el pensamiento de que este milagro fue obrado por un hombre como cualquier otro, mediante el arduo cultivo de sus facultades!

En segundo lugar, está el encontrar en los textos un contenido humano con el cual pueda relacionarse: el tiernamente salvaje idealismo del Quijote, la absoluta extranjería de Gregorio Samsa, el temor a crecer de Holden Caulfield, o la dolorosa pasión, por intensa, de G. H.

Dice Imre Kertész, que “escribir sobre la vida equivale a pensar sobre ella, que pensar sobre la vida equivale a cuestionarla, y que sólo cuestiona su propio elemento vital aquel a quien este elemento asfixia o quien de alguna manera se mueve en él de un modo contrario a la naturaleza”. Esto también es aplicable a la lectura, que es otra forma de escritura, pues exige del lector una participación activa, atenta, reflexiva, crítica.

Y sí, no está a gusto con la vida, que no es noble, ni buena, ni sagrada. Pero ha encontrado en la literatura la manera de pactar una tregua con ella. La literatura lo ha ayudado a construirle sentido a una realidad que carece de él. Lo ha ayudado a construirse y crear su ser en el mundo.

Aunque también sabe con certeza que la literatura no puede sustituir el contacto humano ni ninguna otra experiencia. No cambiaria cinco minutos con el amor de su vida, o una tarde de charla y café con los amigos, o un lengüetazo de su perro, por un libro. Pero la literatura tiene un su vida una hora y un sitio que tampoco cambiaría por nada. Y le ayuda a entender todo lo demás.

Pertenece a una especie amenazada, a una secta elitista, y mira con envidiosa desconfianza a los que pueden moverse en la vida sin el bastón, sin el paraguas de los libros. Es él. El pobrecito lector x.

Publicado en El Sol de Toluca, el domingo 5 de marzo de 2006.