Entre el pozo y el gozo: representaciones mortuorias en el arte.
Cuando me invitaron a hablar ante ustedes sobre el tema de la muerte en el arte, tuve que definir cuáles serían las características de mi plática. La primera disyuntiva fue, tratándose de un tema tan extenso, si lo abordaría de manera general o particular. Considerando que ustedes son estudiantes de secundaria con un mínimo o nulo conocimiento en materia de arte –lo cual no tiene nada de malo ni de anormal, pero sí debe ser un incentivo a su interés, pues el arte es, junto con el trabajo y la religión, una de las actividades puramente humanas, y parte fundamental de la formación (en el sentido de “educación”, pero también de “edificación”) de cualquier persona –decidí mostrarles el panorama más amplio posible, una vista general, a vuelo de pájaro.
Así que en esta charla no trataré únicamente a un artista o movimiento artístico particular, pero tampoco planeo agotar el tema, lo cual, considerando su abrumadora extensión, sería un despropósito mayúsculo. Me limitaré a exponer ante ustedes algunas obras y artistas que considero son hitos en el tema de las representaciones mortuorias en el arte. Soy plenamente consciente de que este recuento no es para nada exhaustivo, como les he dicho, sólo pretendo darles una vista general, y, si ésta sirve para despertar su interés en el arte, me doy por bien servido.
He dividido mi plática en tres partes: En la primera, me referiré a las representaciones mortuorias en la historia del arte occidental: a las danzas macabras, con El triunfo de la muerte, de Pieter Bruegel; a La muerte y la doncella, de Hans Baldung Grien, y a las vanitas. En la segunda parte, trataré las representaciones de la muerte en la historia del arte mexicano, mostrándoles algunos ejemplos prehispánicos y el caso paradigmático de José Guadalupe Posada, que tanta influencia ha tenido en artistas posteriores y en la imaginería popular. Finalmente, les mostraré la obra de algunos artistas contemporáneos que trabajan el tema de la muerte, con los que abordaremos la problemática de la representación y la presentación.
Preguntarnos sobre el tema de la muerte en el arte es preguntarnos sobre la naturaleza misma del fenómeno artístico. Actualmente, ante un paisaje que resulta complejo y confuso aun para los mismos artistas y estudiosos del arte, y mucho más para el espectador común, carecemos de una definición de lo que es el arte; incluso hay quienes afirman que el arte ha muerto, que este término sólo es aplicable a un grupo específico de prácticas, con una intencionalidad particular, propias de la civilización occidental en un periodo histórico determinado, específicamente, del siglo XV a la segunda mitad del XX. Entonces, nada de lo que se hizo antes y mucho de lo que se hace después, así como en otras culturas que no son la occidental, podría llamarse, en un sentido estricto, arte.
Pero dejemos a un lado estas discusiones, que corresponden a los teóricos, y aceptemos por un momento la definición funcional de que el arte es un conjunto de prácticas de naturaleza expresiva. ¿Qué expresa el arte? En realidad, mucho y muy poco. Podemos reducir todos sus temas a un puñado: el amor, el odio, la soledad, la naturaleza, el sentido o sinsentido de la existencia, la muerte, por supuesto, etc. Unas cuantas preocupaciones que nos han perseguido y nos perseguirán porque somos hombres. En cada uno de nosotros se repite la epopeya humana –paraíso, caída, pasión, resurrección, una vez y otra–, la historia entera. Y si el hombre ha creado y creará arte sobre la muerte, es porque es mortal, porque la muerte es lo único de lo que podemos estar seguros, pero, también, una pregunta sin respuesta, un misterio ante el cual sólo podemos aventurar creencias, porque no podemos consentir que la muerte sea el final de todo. Parafraseando a Daniel Pennac: el hombre construye casas porque está vivo, pero crea arte porque se sabe mortal. El arte no le ofrece ninguna explicación definitiva sobre su destino pero teje una apretada red de connivencias que expresan la paradójica dicha de vivir a la vez que iluminan la absurdidad trágica de la vida. De manera que nuestras razones para producir y consumir arte son tan extrañas como nuestras razones para vivir. Y nadie tiene poderes para pedirnos cuentas sobre esa intimidad. (Pennac, 2001: 169)
Vamos a empezar nuestro viaje por las representaciones mortuorias en la historia del arte occidental, en la Europa de la Edad Media. Ahí florecieron las danzas macabras. El tema del final de la vida, considerado como una danza en la que la muerte obliga a entrar a todos los hombres de cualquier condición o posición social, ha sido tratado en literatura y pintura de muchos pueblos. Veamos desfilar, danzando sin gana, unos cuantos personajes entresacados del poema castellano que lleva el nombre de Danza de la muerte, que data de finales del siglo XIV o principios del XV, del cual les traigo el siguiente fragmento (Alonso, 1966: 62):
Dice la muerte:
A la danza mortal venid los nacidos
que en el mundo sois, de cualquier estado;
el que no quisiere, por fuerza traído
le haré yo venir muy apresurado.
Pues que ya el fraile os ha predicado
que todos vayáis a hacer penitencia;
el que no quisiere poner diligencia,
por mí ya no puede ser más esperado.
Porque el Padre Santo es muy alto señor
que en todo el mundo no tiene su par,
y de esta mudanza será guiador,
desnude su capa, comience a saltar.
No es hora ya tiempo de perdones dar,
ni de celebrar con gran aparato,
que yo le daré en breve mal rato:
danzad, Padre Santo, sin más os tardar.
Como es evidente en el fragmento que les he leído, las danzas macabras tienen una intencionalidad moralizante: al recordarnos la brevedad y el término de la vida, que es el mismo para todos, sin importar nuestro sexo, edad, ocupación ni clase social, que finalmente resultan completamente vanos, nos invitan a la conversión y a la penitencia. Semejantes oscuras reflexiones ya eran comunes desde la antigüedad más remota: por ejemplo, en el Satiricón, de Petronio, que data del gobierno del emperador Nerón, se describe que era una costumbre de moda, en los banquetes romanos, lanzar, al centro de los salones, esqueletos articulados hechos de plata, y traer a la platica de sobremesa disquisiciones filosóficas sobre la fugacidad de la existencia. Aunque esto no pasaba de ser una pose de intelectualidad y refinamiento.
Pero, para los hombres de la Europa medieval, la muerte era una pavorosa presencia constante. No podemos olvidar que la expectativa de vida del hombre medieval no pasaba de los treinta años, que fue una época de guerras y enfermedades, especialmente de plagas como la peste, cuya epidemia terminó con casi la mitad de la población en algunas zonas donde se presentó. La muerte negra podía acabar en pocos días con familias enteras, nadie estaba a salvo; los cadáveres se acumulaban en las calles, pues muchas veces no había quién los enterrara; quien podía hacerlo, abandonaba las ciudades y huía a refugiarse en el campo, como se cuenta en el Decamerón, de Giovanni Bocaccio. La cercanía de la muerte condujo a una relajación de las costumbres morales que permitía todo tipo de excesos y crímenes, pero también a manifestaciones religiosas, que podían rayar en lo perverso, como el movimiento de los flagelantes.
Una clara representación de esta terrible realidad, aunque no data de la Edad Media, sino del siglo XVI, específicamente de 1562, es la pintura de Pieter Bruegel titulada El triunfo de la muerte. En esta obra, de ejecución preciosista en sus detalles, podemos ver un paisaje calcinado y humeante, donde un ejército de esqueletos arrasa a los hombres. En la esquina inferior izquierda, un rey es desposeído de su dignidad por la muerte; más a la derecha, los cuerpos de una madre y de su bebé, que aún lleva en brazos, son olisqueados por un perro famélico; también un caballero de brillante armadura ha caído; una cortesana y un monje intentan inútilmente huir de la muerte, abandonando una mesa puesta –símbolo de los placeres de la vida–, mientras otro personaje parece querer defenderse infructuosa, penosamente, de la muerte, enfrentándola con una lanza; en la esquina inferior derecha, una pareja de amantes, cegados por la pasión, no se dan ni por enterados del horror y se entregan a los placeres de la música y la poesía, pero ya la muerte los acecha y muy pronto los golpeará. La única salida es arrepentirnos de nuestros pecados, abandonar las vanidades de la vida y dedicarnos a la penitencia, para salvar el alma, ya que no podemos salvar el cuerpo, y evitar caer a los infiernos, que con tanto derroche de imaginación y maestría pictórica representó El Bosco.
Muy relacionada con la obra de Bruegel, por temporalidad, espacialidad y temática, tenemos la de Hans Baldung Grieg, famoso por sus pinturas macabras, como los cuadros con el tema de La muerte y la doncella. En ellos se encarna una ideología, bastante misógina, por cierto, que concebía a la mujer como el más banal de los seres. Así, la mujer representa la vanidad de la vida, entregada con horror al abrazo glacial de la muerte. Esto es especialmente evidente en el segundo ejemplo que les muestro, donde una hermosísima joven se contempla en un espejo, embelesada por su propia belleza y completamente inconsciente de que la muerte se halla a sus espaldas, sostiene el leve velo que cubre su sexo y levanta amenazadoramente un reloj de arena sobre su cabeza. En el cuadro también podemos ver a un caballero que alza inútilmente su brazo contra la muerte, como si quisiera detenerla, protegiendo a la muchacha, y a un pequeño amorcillo que huye asustado. Aunque estas obras también tienen una intención moralizante, interpretaciones modernas han descubierto en ellas un erotismo perverso, sadomasoquista y tanático, y han emparentado a sus protagonistas con las mujeres fatales, las vampiresas de los románticos, simbolistas y expresionistas.
También tienen una intencionalidad moralizante las vanitas barrocas. Estas naturalezas muertas, donde, entre las flores y las frutas, las monedas y las joyas, los libros, las armas y los instrumentos musicales, encontramos cráneos, hacen referencia al libro del Eclesiastés, donde se dice que no hay razón y todo es absurdo, y la vida es vanidad de vanidades. Quiero llamar su atención sobre los dos últimos ejemplos, de Giovanni Baglione y Davidde Heem, donde pareciera que el arte, a través de su artificio, puede triunfar sobre la muerte, como reza la leyenda en el cuadro de Heem: non omnis moriar: no moriré del todo. ¿Será verdad, o también el arte es vanidad?
Abandonemos Europa y dirijamos nuestros pasos a América. Para las civilizaciones precolombinas la muerte era la finalidad de la vida y era muy importante cómo se moría, pues eso determinaba el destino en la eternidad. Los bebés iban a un lugar donde había un árbol de mamas y ahí esperaban un tiempo hasta reencarnar. Quienes fallecían por causa del agua –ahogados, alcanzados por rayos o afectados por enfermedades que se consideraban acuáticas, como la hidropesía –se dirigían al Tlalocan, el paraíso de Tláloc. Los guerreros muertos en batalla, quienes eran sacrificados a los dioses y las mujeres que fallecían durante su primer parto, acompañaban al sol en su viaje por el cielo. Los demás iban al Mictlán, un sitio de oscuridad y silencio cuyo señor era Mictlantecutli, representado por un esqueleto. En algunas de las efigies de este dios se han encontrado rastros de albúmina, una proteína cuya presencia indica que eran bañadas con sangre humana, como se muestra en la imagen. Otras son verdaderamente soberbias, como este pectoral de oro procedente de Montealbán.
Los sacrificios humanos mantenían al universo en movimiento. Contamos con gran número de artefactos relacionados con estas prácticas: espinas de maguey para extraer sangre, cuchillas de obsidiana, recipientes para contener los corazones, sahumerios, urnas y tzompantlis que decoraban los templos, representaciones en piedra de los cráneos que realmente se acumulaban en ellos.
Más cercanas a nosotros tenemos las famosas imágenes de José Guadalupe Posada. Este grabador, durante los años anteriores y posteriores a la Revolución de 1910, ilustró las publicaciones de Antonio Vanegas Arroyo, entre ellas, sus “calaveritas”, esas composiciones en verso que, tomando como pretexto el tema de la muerte, hacen burla de las gracias y las miserias de la vida social y de sus protagonistas. Aunque Posada fue un creador popular, el valor estético y documental de su obra ha sido ampliamente apreciado dentro y fuera de nuestro país, y varios artistas lo han reconocido como influencia y lo han homenajeado en su trabajo, entre ellos, el muralista Diego Rivera, quien retrató a la Catrina y a su autor al centro de su Sueño de una tarde de verano en la Alameda Central.
Los artistas contemporáneos también han tomado a la muerte como tema de su trabajo, algunos como tema central. Sin embargo, podemos notar una tendencia en el arte contemporáneo que lo diferencia del de antaño: ya no representa sus motivos, sino que ahora los presenta; ya no simboliza a la muerte, ahora realmente la lleva a la galería y al museo. Tal es el caso de Gabriel Orozco, el artista mexicano más afamado del momento, quien utilizó un cráneo real, decorado con figuras geométricas dibujadas a lápiz, para sus obras Los senderos del pensamiento y Papalotes negros.
Por su parte, el inglés Damien Hirst cubrió un cráneo con diamantes para For the love of God, que fue subastada por la módica cantidad de cien millones de dólares, convirtiéndose en la obra más cara de un artista vivo jamás vendida. Hirst siempre ha trabajado con cadáveres, son famosos sus animales conservados en tanques de plexiglás llenos de formol, algunos incluso desollados o divididos. Sus exhibiciones siempre causan polémica, sobre todo cuando hacen referencia a la religión, por ejemplo, en la exposición que creó especialmente para nuestro país, titulada La muerte de Dios (hacia un mejor entendimiento de la vida sin Dios a bordo de la nave de los locos), de donde proceden estas tres últimas imágenes.
En nuestro país tenemos a Teresa Margolles, quien aborda obsesivamente el tema de la muerte y la muestra de una manera cruda, que raya en el horror y en el mal gusto. Ella estudió la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y, posteriormente, un diplomado como auxiliar forense. Junto a otros artistas, creó el colectivo SEMEFO, siglas del Servicio Médico Forense, de donde tomaban prendas, fluidos y partes de cuerpos para llevarlos a las galerías. También emplearon cadáveres animales, como en Lavatio corporis, que se presentó en el Carrillo Gil. De manera individual, Margolles ha continuado con obras que siguen la misma fórmula y han causado polémica e indignación.
Por su parte, el norteamericano Joel-Peter Witkin no exhibe cadáveres, pero sí los fotografía, en composiciones barrocas plenas de alusiones a la literatura y a la historia del arte. Él se define como un sacerdote estético y afirma que toda decisión es una decisión moral. Así que podemos considerar sus fotografías, que ciertamente nos perturban pero cuyo valor estético no podemos negar, como vanitas contemporáneas; imágenes de una nueva religión estética.
Ante las últimas imágenes que les he mostrado, no queda sino preguntarnos si la muerte está tan presente en los medios, y si estos nos han anestesiado tanto exponiéndonos tan continuamente a ella, que el arte ha tenido que abandonar su representación por su presentación para conmovernos, para hacernos sentir algo. ¿Es que hemos olvidado que la muerte es un asunto moral, o, si se quiere, ético? ¿Es que para nosotros la muerte, y, por lo tanto, la vida, ha perdido sentido?
Fuentes:
Alonso, Dámaso, Eulalia Galvarriato, Luis Rosales (1966) Primavera y flor de la literatura hispánica. Tomo primero. Madrid: Selecciones del Reader’s Digest.
Pennac, Daniel (2001) Como una novela. Barcelona: Anagrama.