miércoles, enero 30, 2008

Vigésima quinta colaboración para x7

Cenizas y nieve

Gregory Colbert

Ashes and snow

Instalación (fotografías y videos)

The nomadic museum

Zócalo, Ciudad de México, D. F.

Desde el pasado 15 de diciembre, el Zócalo Capitalino luce un aspecto diferente, pues alberga a the nomadic museum, “el museo nómada”, una estructura de bambú de 6,000 metros cuadrados que contiene dos galerías y tres teatros, creada por el arquitecto colombiano Simón Vélez y el artista canadiense Gregory Colbert, expresamente para cobijar la instalación de este último titulada ashes and snow, “cenizas y nieve”

Del folleto de la instalación, leemos lo siguiente: “Ashes and snow es un proyecto continuo que entreteje trabajos fotográficos con películas, instalaciones de arte y una novela epistolar. La exposición consiste en más de 50 trabajos fotográficos a gran escala, una película de 60 minutos y dos cortometrajes al estilo haiku”. La muestra, patrocinada por The Rolex Institute, fue estrenada en el Arsenale de Venecia en 2002 y desde entonces ha viajado, en su museo nómada, a Nueva York, Los Ángeles y Tokio. En la Ciudad de México permanecerá del 15 de diciembre de 2007 al 27 de abril de 2008.

No nos detendremos a examinar la vastedad del proyecto ni que la instalación ha roto récord de visitas, sino que abordaremos la poética de la obra. Por el folleto de la exposición, sabemos que “Gregory Colbert comenzó su carrera en París haciendo documentales, lo cual lo llevó a convertirse en un gran fotógrafo de arte y cineasta”, lo cual se nota de inmediato en la belleza intrínseca de las imágenes que nos regala.

Gregory Colbert es un romántico, tiene el mismo gusto que Lord Byron y sus contemporáneos tenían por los lugares exóticos, lejos de la civilización occidental y sus males; así, no es extraño que “durante los últimos dieciséis años ha hecho más de cuarenta expediciones a India, Egipto, Birmania, Tonga, Sri Lanka, Namibia, Kenya, la Antártida, Borneo y otros lugares del mundo con el fin de fotografiar y filmar las interacciones entre el hombre y la naturaleza”. Nada más de escuchar esos nombres, la imaginación vuela y la boca se llena de un sabor a especias y sal marina. Pero, ¿no se trata de una huída, un deseo de escape y, además, imposible, pues no hay lugar sobre el globo donde no hayan llegado los tentáculos de la civilización occidental?

La obra de Gregory Colbert es profundamente religiosa. Etimológicamente, la palabra “religión” proviene del verbo latino “religare”, que significa volver a unir lo que estaba junto y ha sido separado. En la obra de Colbert, el hombre convive en armonía con la naturaleza, vuelve a formar parte de ella, a ser un animal entre los animales, puro como ellos.

Colbert juega con varios símbolos: Los cuatro elementos: agua, tierra, aire y fuego, y el quinto elemento, representado por la Palabra, que los une y les da sentido. Recordemos que la Torah celeste, que es la Palabra de Dios, el Aliento Divino, está escrita con fuego negro y blanco. Y la Palabra es la que nos hace humanos, la que nos diferencia del resto de los seres. Es un puente, pero también es un muro. A través de los fragmentos de cartas que escuchamos en el más largo de los tres videos, sabemos que las palabras del narrador son una guía para su destinatario, pero también son la huella evidente de la distancia que los separa, infranqueable en tiempo y espacio.

El agua y la tierra son elementos maternos, femeninos, pasivos, el útero donde la vida se gesta, donde las raíces se alimentan. En cambio, el aire y el fuego son elementos paternos, masculinos, activos. De su unión, brotan vida y muerte.

Gregory Colbert es un utopista. En su mundo atemporal, el hombre y los animales conviven como iguales. Pero, como toda utopía, su mundo no tiene lugar, es sólo un ideal. Tal vez por eso, con cierto dejo de melancolía, tituló a su obra ashes and snow. El narrador nos ordena que quememos sus cartas y reguemos sus cenizas en la nieve, que se derretirá al llegar la primavera, pues nada habrá de permanecer. La palabra cenizas no me permite no pensar en los crematorios de los campos de concentración nazis, en las chimeneas industriales que vomitan humo negro. La palabra nieve no me permite no pensar, no sin justificada preocupación, en el futuro que nos espera si seguimos como hasta ahora. Afortunadamente, la obra de Colbert dibuja y nos regala un rayito de esperanza, no más que una línea en el agua, pero esperanza al fin.

miércoles, enero 23, 2008

Vigésima cuarta colaboración para x7

Historias de amor:

Escrito en el cuerpo, de Jeanette Winterson

He de confesar que la primera vez que leí esta novela lloré a lágrima viva, y no había pasado de las primeras dos páginas. Eventos así ocurren cuando uno, como yo, tiene una tendencia innata al bovarysmo, es decir, a ese mal que lo lleva a uno a identificarse con todo lo que lee, a proyectarse en ello, a gozar y sufrir con los personajes –un claro caso de transferencia, dirían los psicoanalistas–; más, si uno lee una novela amorosa, como ésta, estando enamorado y mal correspondido, y más aun si la novela en cuestión comienza con una frase tan lapidaria como: ¿Por qué la pérdida es la medida del amor? Ahora mismo, nada más de tener el libro entre mis manos y volver a ojearlo para escribir este texto, se me pone la piel chinita. Se los aseguro, soy un caso perdido de bovarysmo.

Escrito en el cuerpo es una novela que habla de amor. No, en realidad habla de la pérdida del amor. Una de sus características más destacables es que su autora borra toda pista acerca del sexo del protagonista –lo cual bien se puede en inglés, mas no en español, por lo que la traductora, Encarna Castejón, optó por utilizar el género femenino en un par de adjetivos–, pero bien a bien, nunca sabemos si se trata de un hombre o de una mujer, pues ha mantenido relaciones indistintamente tanto con unos como con otras. Lo que sí podemos asegurar es que es un perdedor en el amor, ¿y quién puede ufanarse de no haberlo sido alguna vez?

Sería excelente que para amarnos dejáramos los géneros de lado. Según la especialista Marina Castañeda, muchos de los problemas que enfrentamos actualmente las parejas, tanto heterosexuales como homosexuales, se deben a que los roles de género, es decir, los comportamientos que como hombres o mujeres suponemos que debemos seguir y que hemos aprendido de las generaciones anteriores, ya no nos funcionan hoy en día –por ejemplo, cada vez más mujeres deben integrarse al mercado laboral y más hombres realizar tareas domésticas, lo cual, según el modelo anterior, está mal. El mapa que se nos ha dado ya no nos sirve, y cada uno de nosotros debe recorrer a ciegas el camino del amor, inventándose, a través de una comunicación efectiva, sus propias reglas del juego, siempre negociables.

Pero volvamos al libro y a su protagonista. Este seductor o seductora, nos cuenta sus poco convencionales amores, especialmente con mujeres casadas, hasta que conoce al amor de su vida –si es que tal existe–: Louise, una pelirroja de prerrafaelista belleza que abandona un matrimonio convencional y monótono con un prominente médico, para irse a vivir su alocada pasión con su amante. Sin embargo, hay un obstáculo infranqueable entre ellos –tiene que haberlo, si no, no habría novela–: Louise padece una enfermedad mortal y su amante debe decidir entre quedarse con ella y disfrutar lo más posible los días que les quedan por delante, o devolverla a su marido, quien podría proporcionarle un tratamiento que quizás salve su vida. El problema es que la decisión no es del protagonista, sino de Louise. ¿No debe ser un requisito del amor respetar la libertad del otro?

Y así, inteligentemente y sin piedad, Jeanette Winterson cuestiona en su novela uno a uno todos los clichés amorosos de la civilización occidental. Incluso los cuestiona a nivel lingüístico, utilizando varios niveles del lenguaje, que van de la cita culta o el fragmento lírico a la parodia descarada del cine, la televisión, la música popular o la novela rosa.

Esta novela haría temblar a Tristán e Isolda, a Romeo y Julieta, y a todos los amantes de leyenda; no nos hace ninguna concesión, no nos brinda ninguna certidumbre, sino nos plantea un sinnúmero de preguntas: ¿Es mejor el amor pasión, un incendio que lo consume todo, o el amor cotidiano, que es como un horno o un sistema de calefacción central? ¿Funciona el matrimonio? ¿Y el adulterio, no termina convirtiéndose en un sustituto igual de aborrecible? ¿Por qué amamos como amamos? ¿Por qué la pérdida es la medida del amor? ¿Realmente es la pérdida, el sufrimiento, la medida del amor? Como dice una canción: ¿los amores que matan nunca mueren y los amores que mueren nunca matan? ¿Realmente amamos? ¿En serio lo que sentimos es amor, podemos llamarlo amor?

No lo sé. No tengo respuesta para ninguna de estas preguntas. En el territorio del amor todos somos Calibán. Lo único seguro es que las palabras que más queremos escuchar y más nos cuesta pronunciar son una cita, el más común de todos los lugares: te amo.

Winterson, Jeanette (1994) Escrito en el cuerpo. Barcelona: Anagrama.

martes, enero 15, 2008

Vigésima tercera colaboración para x7

Historias de amor:

El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez

Éste es uno de mis libros de cabecera, una novela a la que vuelvo una y otra vez, como se regresa a un lugar muy querido; tal vez, con la pátina de la nostalgia en la mirada, a la vieja casa de los abuelos donde se vivió la infancia. Y, a diferencia de lo que me pasa con otros libros, éste me gusta más en cada nueva lectura, donde descubro detalles que antes no había percibido y que enriquecen la significación que hago de él. Sin embargo, debo admitir que no lo paladeo como el enólogo hace con el vino, con esa sabia paciencia; nunca he podido hacerlo con ningún libro de García Márquez, muy al contrario, los apuro como el sediento bebe el agua en el calor del trópico. Ello se debe a una característica propia, inconfundible de la prosa de García Márquez, que contribuye enormemente al gusto que siento por sus narraciones: el ritmo que el autor le imprime a sus frases. Es una cadencia hipnótica, que puede sumirnos en el sueño o en la pesadilla, como lo hace en ese laberinto desmemoriado de poder y corrupción que es El otoño del patriarca.

Alguna vez leí que El amor en los tiempos del cólera era, entre las suyas, la novela favorita de Gabriel García Márquez. El autor afirmaba que, si bien Cien años de soledad, por la que ganó el premio Nóbel, era su novela épica, donde, a través de la historia de los Buendía, examinaba el sino de Latinoamérica y de la humanidad entera, El amor en los tiempos del cólera era su novela más humana, donde exploraba los sentimientos que nos embargan a todos, con cuyos personajes cualquiera de nosotros puede identificarse.

Y es verdad, los personajes de El amor en los tiempos del cólera son profundamente humanos y, como humanos, también son capaces de contradicciones y mediocridades. Así, aunque no lo dice abiertamente, pero lo sugiere con algunas pistas, podemos suponer que hubo algo de interés en el rechazo de Fermina Daza hacia Florentino Ariza y su elección por el doctor Juvenal Urbino, quien era, a diferencia del primero, un excelente partido.

Convencional es el matrimonio de Fermina Daza y el doctor Urbino. Está más basado en la comodidad y en la amistad que en el amor, aunque con el paso de los años los sentimientos se confunden y la convivencia cotidiana puede construir algo que bien puede llamarse amor. Sólo dos cosas estuvieron a punto de terminar con este matrimonio de décadas: la falta de jabón en el baño y una negra llamada Bárbara Lynch. Tan ridículo como romperse el espinazo al tratar de bajar un perico de un árbol de mangos.

El personaje que tiene más rasgos heroicos en esta novela es Florentino Ariza, quien mantiene encendida por décadas su pasión adolescente por Fermina Daza y le es más fiel que si fuera su marido, pues si bien puede compartir el amor del cuerpo con cientos de mujeres, ya que al fin la carne y el instinto reclaman la satisfacción, de alguna u otra manera, de sus pulsiones, el amor del corazón y del espíritu lo reserva por entero para su “Diosa Coronada”. Y lucha por satisfacer esta pasión, este amor, con una terquedad de mula y una paciencia de santo, a prueba de todo.

¿Cómo, entonces, en una crisis de bovarysmo, no reconocernos en estos personajes, en su grandeza y sus pequeñeces? ¿Cómo no sufrir con ellos, cómo no compadecernos? ¿Cómo no reconocer asqueados el laberinto de convenciones que nos aprisiona y que, tristemente, muchas veces nos impide ser felices? ¿Cómo no buscar esa felicidad, aunque sea así, con minúsculas, en las cosas cotidianas?

Finalmente, es imposible que no dedique unas palabras a la adaptación cinematográfica de la novela que ocupa en estos días las pantallas de nuestros cines. Nunca es posible comparar la versión fílmica con la literaria, pues son productos diferentes. La película es muy buena; creo que la novela de García Márquez no podía llevarse al cine de otra manera. Desconcierta escuchar a sus personajes hablar en inglés y no en el español típico de Colombia. Destaca la actuación de Javier Bardem, un hombre con gran presencia que logra convertirse en la sombra, en el fantasma que era Florentino Ariza.

García Márquez, Gabriel (1985) El amor en los tiempos del cólera. México: Diana.