miércoles, marzo 26, 2008

Jorge Alberto Manrique dixit

TODO SE VALE EN EL TERRENO ARTÍSTICO

26-03-08

miércoles, marzo 19, 2008

Vigésima sexta colaboración para x7

Un siglo de arte en México.

Actualmente y hasta el mes de julio, es posible visitar en el Museo de Arte Moderno (MAM) de la Ciudad de México, dos exposiciones que, juntas, nos ofrecen un panorama bastante completo del devenir del arte en nuestro país durante el siglo XX.

La primera, curada por James Oles, se titula La colección: el peso del realismo y es una revisión del acervo del museo, con la inclusión de algunas obras de otras colecciones públicas y privadas que fueron prestadas para completar el discurso curatorial, que tiene como hilo conductor la importancia de la figuración en el arte mexicano durante la primera mitad del siglo XX. La muestra inicia con tres obras de Ángel Zárraga en las que es posible ver desde sus comienzos simbolistas (Alegoría de Septiembre, 1908-1909), pasando por sus relaciones con las vanguardias de principios de siglo, como el cubismo (Septiembre, 1917), hasta su retorno a una pintura más académica (Las futbolistas, 1922).

La exposición incluye obras que se insertan en el discurso nacionalista que privó en los años posteriores a la Revolución de 1910 –como la emblemática La espina (1952), de Raúl Anguiano–, obras que exaltan el pasado indígena y las tradiciones mexicanas. Algunas, incluso imitan en su factura al arte popular, como es el caso de las pinturas de Abraham Ángel y las esculturas de Mardonio Magaña. Otros hilos conductores de la muestra son: el homenaje a los héroes nacionales (Rufino Tamayo, Homenaje a Juárez, 1932 y David Alfaro Siqueiros, Homenaje a Cuahutémoc redivivo, 1950); la maternidad como metáfora de la Madre-Patria (María Izquierdo, Maternidad, 1943, entre otros); la fuerza de la religión, vista tanto positiva como negativamente (Siqueiros, El diablo en la iglesia, 1947, por ejemplo), y las contribuciones de algunos extranjeros refugiados en nuestro país, como las surrealistas Leonora Carrington y Remedios Varo –de quien es posible ver una exposición individual en el MAM.

Esta muestra termina con Las músicas dormidas (1950), de Rufino Tamayo, como un puente entre la figuración y la abstracción. Es un acierto que la exposición relacione obras de medios tradicionales –pintura y escultura–, con otras de medios que no lo son tanto, como la fotografía, el diseño gráfico y el cine.

Como correlato justo a esta exhibición, el MAM nos ofrece La colección: la tradición de las rupturas. Este paradójico título se explica a través de una frase de Octavio Paz, citado por Elena Poniatowska, que a la letra dice: “Nuestra tradición se perpetúa por obra de las sucesivas negaciones y rupturas que engendra”. Y, ciertamente, en La tradición de las rupturas, encontramos la negación, el anverso de El peso del realismo, ya que la muestra se compone, en su mayor parte, de obras de artistas no figurativos, como Gunther Gerzo y Mathias Goeritz, en diálogo abierto con la arquitectura modernista, el diseño industrial, la fotografía experimental –en la línea de Edward Weston– y documental, etc. También se incluye el trabajo de artistas y grupos que en las décadas de los 60’s y 70’s fueron la vanguardia en el arte mexicano, experimentando con nuevos medios, como el performance y la gráfica popular, y expresando un fuerte discurso de crítica política, social y artística como Tepito Arte Acá, Proceso Pentágono y No Grupo, por mencionar algunos. (Si se quiere ahondar en el arte de vanguardia en México a partir de la década de los 60’s, es indispensable ver la retrospectiva de Felipe Ehrenberg titulada Manchuria, que también se encuentra en el MAM.)

Sin embargo, la exhibición concluye con el retorno a la figuración de los neo-mexicanistas, como Enrique Guzmán, Julio Galán y Nahum B. Zenil, quienes retoman el discurso realista del nacionalismo para ponerlo en duda, mostrando la complejidad y las paradojas en la construcción de las identidades nacionales, sexuales, etc. La muestra termina con dos esculturas: una, figurativa, de Javier Marín (Hombre reclinado, 1992) y la otra, conceptual, de Gabriel Orozco (Mis manos son mi corazón, 1991).

Juntas, El peso del realismo y La tradición de las rupturas nos ofrecen un viaje muy completo por el arte mexicano en el siglo XX, que simplemente no nos podemos perder.