Vigésima novena colaboración para x7
Moby Dick, de Herman Melville.
¿Qué sentido tiene hablar en este lugar acerca de un libro tan conocido? Creo que la verdadera pregunta es: ¿es realmente tan conocido? Quiero decir: todos conocemos la anécdota, pero eso es muy diferente a conocer realmente el libro, para lo cual hay que leerlo.
Todo comenzó cuando compré la novela. En el por todos identificable cajón de los libros, ubicado en una estación del Metro de la Ciudad de México que ahora mismo no recuerdo y no tiene importancia para el asunto que estamos tratando, atentamente me ofrecieron dos ejemplares diferentes. ¿Cuál era la diferencia entre ellos?: unas setecientas páginas y, supongo, la literatura. Porque creo que el carácter literario de un texto radica en que violenta el lenguaje, que es de todos y utilizamos en todo momento, haciendo un uso estético de él. Y lo estético no es lo bonito, ni siquiera se reduce a lo bello, pues lo feo, incluso lo abyecto son también categorías estéticas. No, lo estético es lo que pone en libre juego todas las capacidades sensitivas –por un momento quise escribir sensuales– e intelectivas del hombre: es decir, las sensaciones, los sentimientos, y la razón. –Nunca afirmaría que Moby Dick es bonita, en el sentido de agradable, muy al contrario, pero es realmente bella.
Con esto no quiero decir que la diégesis, es decir: la historia, no sea importante. Es muy importante: hay textos que nos atrapan por lo que dicen, porque hablan con sabiduría de la vida. Pero también es muy importante la poiesis, es decir: cómo se dice lo que se dice. Cuando diégesis y poiesis van de la mano y son igualmente buenas, nos encontramos ante una obra maestra, un clásico. Por ejemplo: Moby Dick.
Como todos mis amigos me conocen como un lector de mamotretos –los cuales tienen la ventaja de sostenerse por sí mismos verticalmente en el librero– y como me importa la experiencia literaria, es decir, estética, me decidí por el ejemplar más grueso, por el original, no la versión resumida.
Y bien podría no existir la ballena blanca; de hecho, la ballena blanca es un fantasma, un mero pretexto para la obsesión de un hombre: el endemoniado capitán Ahab, quien tiene una sola idea ocupando su mente, su ser todo: matar al cachalote para vengar la pérdida de su pierna. Ahab es la imagen especular de otro personaje de Melville, el protagonista de Bartleby el escribiente. Ahab ha decidido matar a la ballena y esa es su única elección; Bartleby ha decidido no decidir –“preferiría no”, es la frase que repite una y otra vez– y esa es su única elección. La ballena blanca es pretexto para otra cosa: la literatura. Aunque sólo aparece al final, su presencia fantasmal domina todo el libro.
Entonces, ¿qué pasa en tantos capítulos? Se nos explica todo acerca de las ballenas y su pesca, su historia, etc. Y se nos introduce poco a poco en una atmósfera cada vez más enrarecida, la cual alcanza su clímax en los últimos capítulos, en los que se nos narra la persecución de la ballena blanca, que dura tres días. ¿Coincidencia? Para nada: la novela es rica en referencias bíblicas. Bien se le ha interpretado como un libro, una travesía iniciática; es decir: una vez que pasas por él, no vuelves a ser el mismo. Los grandes libros, los clásicos, siempre son una relectura del principio, no sólo de la literatura, sino del pensamiento mismo: del mito. Es necesario recorrer todo el libro para comprender, para sentir plenamente sus últimos capítulos, de otra manera es como si concibiéramos al cerebro, o al corazón, aislado del resto del cuerpo.
Moby Dick es un libro muy de su tiempo, incluso demasiado: el epítome de la novela romántica de aventuras. Sería imposible que hoy alguien escribiera Moby Dick. Sería tan políticamente incorrecto: todos se quejarían, y con razón: los ecologistas, porque el tema principal es la caza de las ballenas, animales que ahora, y precisamente por la caza desmedida, se encuentran en peligro de extinción; las feministas, por la ausencia de personajes femeninos, y todos los demás, porque los hombres no occidentales, es decir: no americanos ni europeos, son presentados como caníbales, paganos y salvajes, ni más ni menos. Por supuesto, tales acusaciones sólo tendrían validez si la novela hubiera sido escrita hoy, pues cada obra debe tomarse en su contexto. Sería ridículo si descartáramos todo el arte que nos ha legado el pasado y que ahora es políticamente incorrecto.
Entonces, ¿qué les dice Moby Dick a los hombres del siglo XXI? Todo: en la novela está plasmado el drama humano en sus múltiples encarnaciones, la más terrible y, a la vez, la más grandiosa de las cuales es el capitán Ahab. Todos los hombres debemos enfrentarnos a nuestros demonios, a nuestra propia ballena blanca. Para eso tenemos a Moby Dick.

