Algunas reflexiones en torno a El reino del Coloso, el lugar del asedio en la época de la imagen.
a Richard Xingú
Advertencia: Esto no pretende ser un texto académico, ni siquiera una reseña. Son ideas y, sobre todo, preguntas, sueltas, desordenadas, tal vez, incluso, incoherentes; la libre acción del pensamiento ante una provocación; en realidad, ante dos provocaciones, la visita a la exposición El reino del Coloso, el lugar del asedio en la época de la imagen, curada por José Luis Barrios, que se encuentra actualmente en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC), de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y la lectura de Ante el dolor de los demás, ensayo de Susan Sontag sobre las imágenes bélicas, que me ayudó, no a comprender, sino a reflexionar, a cuestionarme, en sentido estricto, acerca de la primera.
1. Al entrar en el reino del Coloso, nos recibe la fotografía de un miembro de las SS, terriblemente golpeado. La mirada, puro terror; la nariz, un tubérculo sangriento; el rostro, deformado; las ropas, revueltas. En el reino del Coloso, los papeles de víctima y verdugo son intercambiables. ¿Quién tiene derecho a juzgar? ¿Existe una violencia justa?
2. Uno de los aciertos de la curaduría es que las 55 fotografías, que forman la parte medular de la muestra, no cuelgan de las paredes. Esto produce en nosotros, espectadores, una relación con las imágenes compleja, paradójica, pues nos acerca a ellas, ante las cuales, de por sí, no podemos responder con indiferencia ni con la mera contemplación estética; pero, a la vez, nos obliga a mantener cierta distancia: lo que vemos no es la realidad, sino su representación, que es, como afirma Susan Sontag, una selección, es decir, una exclusión. ¿Qué eligió el fotógrafo para mostrarnos?, ¿qué dejó afuera? ¿Y los editores? ¿Y el curador de la exposición? ¿Qué es lo que no ha sido visto? ¿Es real? ¿Las imágenes construyen la realidad o la vuelven irreal?
3. En la segunda parte de su texto sobre el MUAC, publicada en la revista Letras libres en febrero de este año, María Minera niega que la muestra curada por José Luis Barrios sea de arte contemporáneo, sino de fotografía periodística. Esto es, a todas luces, una lectura muy parcial, muy pobre; no sólo porque la exposición no se compone únicamente de fotografías, también de obras cinematográficas y otras, por llamarlas de alguna manera que resulta molesta por razones que voy a explicar a continuación, de arte propiamente; sino por una concepción muy estrecha de lo que es el arte contemporáneo. A estas alturas, resulta risible que alguien cuestione el potencial artístico de la fotografía, o el cine. Finalmente, como afirma Susan Sontag, todo lo que cuelga de las paredes de un museo es arte –afirmación, también, muy cuestionable, pues, si bien todo puede ser arte, no todo lo es, aunque se encuentre en un museo. Desafortunada o afortunadamente, los criterios para decir qué es y qué no es arte, son siempre trémulos, inciertos, cambiantes–. Y la fotografía periodística bien puede llegar a serlo. Ahí el trabajo de Robert Capa, su famosa foto del instante final de un miliciano español en la portada, publicado por la editorial Thames & Hudson, en su colección Photofile, que también incluye, entre otros, a Man Ray y Joel-Peter Witkin, de quien nadie dudaría que son artistas. Y es que las imágenes pueden ser leídas y significadas de muchas maneras, que pueden poco o nada tener que ver con la intencionalidad original de sus creadores. ¿Cómo consumimos las imágenes de la muestra?
Hace poco, un amigo me pidió que le recomendara un libro para entender el arte contemporáneo. Ante lo imposible de la tarea, le sugerí que comenzara por Después del fin del arte, de Arthur C. Danto, cuyo título lo dice todo. Sobre el tema, me quedo con el comentario, off the record, de Elia Espinosa, cargado de ironía, pero también de humildad y pasión: “Yo no sé qué es el arte contemporáneo, pero me encanta”.
4. Y está, también, el problema de la belleza. Suponemos que las fotografías periodísticas, especialmente las que muestran el dolor humano, no deben ser bellas, que la belleza les resta realismo. Pero la mayoría de estas fotos, sin duda alguna, son terriblemente bellas.
5. En esta fotografía vemos la calle de una ciudad. Lo especial, que nos roba la mirada, es la iluminación, “irreal”. El pie de foto nos indica: Nueva York, 11 de septiembre de 2001. Entonces lo sabemos: la calidad de la luz se debe a la gran cantidad de polvo que flota en el aire, procedente del derrumbe de las Torres Gemelas del World Trade Center. Y es que realmente una imagen no dice más que mil palabras. Las imágenes pueden conmovernos, pero las palabras nos permiten reflexionar y comprender.
6. Esta fotografía, de Huynh Cong Ut, es muy famosa, todos podemos reconocerla: Vietnam, 1972; unos niños huyen de su aldea arrasada; su carne se quema por el napalm rociado por los norteamericanos. El punctum: la niña desnuda, su boca abierta en un grito de dolor que, a pesar de su silencio, no podemos dejar de escuchar; su pecho plano; su sexo impúber. Vik Muniz reprodujo la imagen de esta niña en su serie de dibujos, fotografiados e impresos con la técnica de puntos que usan las publicaciones periódicas, Lo mejor de la revista Life; Banksy la hace correr de la mano de, sonrientes, Mickey Mouse y Ronald McDonald. Esta fotografía, como otras, es un hito cultural.
7. Hay, en la contemplación del dolor ajeno, una delectación morbosa. Y no sólo porque eso no me está pasando a mí. Como nos hace notar Susan Sontag, en la historia del arte hay tantos cuerpos torturados como desnudos. Recuerdo las representaciones de los mártires cristianos a partir del Concilio de Trento. Recuerdo el pasaje de la novela autobiográfica de Yukio Mishima, Confesiones de una máscara, donde el protagonista se masturba por vez primera ante la reproducción en un libro del San Sebastián de Guido Reni. Recuerdo a las personas que se detienen a ver los accidentes automovilísticos. Recuerdo que yo también me he detenido. Recuerdo que soy, penosa y gozosamente, humano.
8. ¿Tenemos derecho a ver estas imágenes del dolor de los demás? Susan Sontag afirma que no, a menos que podamos hacer algo para aliviarlo o podamos aprender de ellas. ¿Realmente aprendemos? Se suponía que el siglo XX iba a ser el de la hermandad entre los hombres, y fue testigo de algunos de los peores crímenes de un hermano contra el otro. Y el XXI parece que será igual o peor, hasta que el calentamiento global, o el meteorito, o la guerra total acabe con nosotros. Seguramente, esta apreciación es incorrecta. Toda época ha sido violenta, porque así es la naturaleza humana. La diferencia es que ahora tenemos medios masivos de comunicación. Pero éstos no sólo nos muestran, también saben hacerse de la vista gorda.
9. Las imágenes nos conmueven, pero no sentimos compasión por quien duerme a nuestro lado.
10. Según Susan Sontag, gran parte de la indignación que sentimos ante estas imágenes se debe a nuestra impotencia para aliviar el dolor de los demás. Que también puede encubrirse tras la máscara de la indiferencia. No puedo cambiar el mundo, así que mejor voy a cambiar de canal, creo que están pasando Los Simpsons.
11. El dolor de los demás es únicamente de ellos, y es irrepresentable.
12. La exposición curada por José Luis Barrios cuestiona la relación entre el dolor y la tecnología que lo representa. ¿Qué producen las imágenes del sufrimiento: compasión o indiferencia?, ¿nos concientizan o nos insensibilizan?, ¿ayudan en algo, cambian algo? El terrible acierto de la curaduría es que nos hace participes, y penosamente conscientes de ello, del mismo juego; nos convierte en voyeurs.
13. La obra Aliento, de Oscar Muñoz, nos recuerda que la memoria, que es puro lenguaje, es nuestra única manera de relacionarnos con los muertos. Y la memoria es individual, muere con cada uno. Y el olvido es paradójico: si olvidamos, corremos el riesgo de repetir los errores del pasado, pero a veces es necesario para poder continuar viviendo, para alcanzar, medianamente, la paz y la felicidad.
La exposición cierra con un golpe de gracia. La instalación Apostasis, de Rafael Lozano-Hemmer, nos devuelve a la infancia, edad de crueldad y feliz inconsciencia, al correr y brincar para tratar de alcanzar las luces que escapan de nosotros. Pero al salir nos enfrenta a la dura realidad de que somos observados, de que la mirada, para bien y para mal, en esta época del asedio de la imagen, puede ser ubicua, como Dios.