Nota sobre la poesía.
a Guillermo Fernández
Hay un mal frecuente entre los escribidores: la creencia, que atenta contra el sentido común, de que la materia de la poesía es sentimiento o idea. Ni el primero, ni la segunda. La materia de la poesía es la palabra, sin la cual no existirían los anteriores. Lacan afirmó que el inconsciente está estructurado como un lenguaje. El pensamiento es lenguaje. Sólo llevamos al campo de la experiencia lo que podemos nombrar y, por lo tanto, es. El hombre es un ser de lenguaje; no está en el mundo, sino en la palabra. Y el lenguaje es la casa del Ser. El Verbo de Dios que aleteaba sobre las aguas: el Verbo que es Dios.
Aproximadamente a mediados del siglo XIX, apareció una tendencia común a todas las artes, que cobró fuerza en el siglo XX: una búsqueda de la materia, de lo propio de cada arte, desechando lo accesorio. Este camino desembocó en el abstraccionismo, en el minimalismo. En literatura, surgieron la poesía pura y las narraciones que no cuentan nada, que son un puro regodearse del lenguaje en sí mismo. En el primer poema de
Una temporada en el infierno, Rimbaud habla de “quienes aman en el escritor la ausencia de facultades descriptivas o instructivas”. El poeta da forma o no-forma a sus visiones, afirma en su famosa carta a Paul Demeny del 15 de mayo de 1871. La brecha que abrió este joven abuelo con suelas de viento, fue seguida por Lautréamont, por Mallarmé, y adelante. Adoramos la sabiduría en la literatura, pero la adoramos porque está vestida de palabras, armiños o andrajos, forma o no forma, y desnuda no sería.
Pero no tenemos que adelantarnos tanto. Por definición, la naturaleza literaria de un texto es dada por su uso estético del lenguaje. Es decir, la función primordial de la literatura nunca ha sido comunicar –entonces todo sería tan fácil–, sino crear; aunque comunique, pues no podemos abandonar la carga semántica de las palabras. La
Ilíada es un clásico no sólo por el valor de sus héroes, sino, ante todo, por la belleza de sus hexámetros. Si no, qué sería de Safo, de quien sólo nos quedan rebabas. Y los poetas del Siglo de Oro estuvieron tan obsesionados por la forma o aun más que nosotros. La labor del poeta es renovar el sentido de la palabra, pervertido por la cosificación y el utilitarismo cotidianos; así tenga que destruirla y crear un nuevo lenguaje, tal como Huidobro, Artaud, Girondo. La poesía es la exploración de las posibilidades estéticas del lenguaje, si vale aventurar una definición, sujeta con alfileres en el aire.
Por eso, no hay tema que sea o no sea poético. Ni el amor, ni la muerte, ni Dios son más poéticos que una piedra, una taza de café o el sonido de una cañería. Quevedo escribió sonetos al ojo del culo. Y también lo hicieron Rimbaud y Verlaine.
Ninguna utilidad tiene la poesía para el poeta, que la vive como una necesidad molesta o, a lo sumo, como un placer culposo. En
Fragmentos de un discurso amoroso, Barthes afirma: “Saber que no se escribe para el otro, saber que esas cosas que voy a escribir no me harán jamás amar por quien amo, saber que la escritura no compensa nada, no sublima nada, que es precisamente ahí donde no estás; tal es el comienzo de la escritura”.
Para los cabalistas, la Creación divina es un acto de creación lingüística; entonces, en el acto poético, el hombre es un pequeño dios. Pero hay poetisos y poetisas que se obstinan en rebajar la poesía al panfleto o al chillido. Y sólo es un chillido lo que profieren, no poesía, que es “el llanto de los niños tontos”, pero no como creen ellos.