domingo, enero 11, 2015

Carta sobre el mundo



Querido:
Me preguntas cómo observo al mundo que me rodea. Es un cuestionamiento complejo. Muy fácilmente podría ponerme apocalíptico y afirmar que vamos en caída libre hacia la debacle. Sin embargo, creo que estamos en una encrucijada y que –escribió alguien cuyo nombre ahora no recuerdo–, como a todos los hombres, nos ha tocado en suerte vivir tiempos difíciles: ¿qué pensarían y sentirían los romanos del siglo V, cuando el Imperio estaba a punto de caer por la presión de los bárbaros y el cristianismo, el plomo y su propia corrupción?, ¿y los hombres del Renacimiento?, ¿y los de la Revolución Francesa?, ¿ los del siglo XIX?; en fin, quienes han vivido en el mundo cuando éste ha estado de parto para dar a luz a uno nuevo…
Yo soy, supra-consciente y, por tanto, dolorosamente, un hijo del siglo pasado; mal que nací en sus postrimerías. Gracias a los Filósofos de la Sospecha –Nietzsche, Freud y Marx (pero también Einstein)–, quienes derribaron los cimientos en que se sustentaba la conciencia del hombre de Occidente, un siglo de incertidumbres. Sin embargo, también un siglo de utopías –la posibilidad de hacer realidad un sueño. La primera gran revolución del siglo XX fue la mexicana, que terminó en una sangrienta lucha de caudillos por el poder y en la institucionalización de un sistema corrupto. No podemos hablar mejor de la rusa, ni de la cubana, ni de ninguna otra. Todavía la generación de mis padres, la del 68 –hito histórico en todo el mundo que, según algunos, es el inicio de nuestra famosa e ingrata posmodernidad–, intentó cambiar la realidad y ¡se dio de cabeza contra la pared!
Mi generación es hija de esa herida, que nos duele como si fuera nuestra. Sin embargo, nosotros, más cínicos, sabemos que no podemos cambiar al mundo y nos contentamos con irla pasando mal que bien. Mas vivimos en el descontento, en la frustración, en la mediocre añoranza de un sueño que jamás soñamos…
Tu generación me asusta, porque su conciencia histórica no va más allá del fin de semana pasado, y quienes no conocen su pasado están condenados a repetirlo. ¡Por favor, no repitan los errores que hemos cometido! Sin embargo, la pregunta que ahora me haces, me da una lucecita…
Como te dije, estamos en una encrucijada. Agradezco vivir en este tiempo, que me emociona y a la vez me da miedo, porque está lleno de posibilidades, que nos claman. Los hombres estamos condenados a la total libertad, que lleva aparejada una responsabilidad sin límites, y eso nos angustia, porque no hay, en realidad, dios ni destino ni convención social ni instinto en donde descargar nuestra conciencia. La respuesta a nuestros problemas, ya lo hemos visto, ya lo sabemos, no está en las revoluciones sociales, sino en el cambio individual, en que cada hombre asuma su libertad, su responsabilidad y viva a la luz de la conciencia, como nos exige la filosofía.
Ahora voy a hablarte de los monstruos…
Si un monstruo representa al siglo XX, es el de Frankenstein –aunque no haya nacido en él; su madre, Mary Shelley, fue una vidente, ¡y apenas era una chiquilla de 18 años cuando lo dio a luz!–. No sólo porque sea el hijo de una ciencia y de una técnica que han perdido sus límites morales y juegan a ser dios sobre el cadáver de Dios; sino, aun más, porque busca ser reconocido como humano y relacionarse con otros seres humanos –sólo somos seres humanos con el otro–, pero su fealdad lo impide. Que sea "el monstruo", que carezca de nombre, es sólo otro síntoma de este irreconocimiento. Es el absolutamente otro, con todo lo que tiene de temible. Y el siglo XX fue el del irreconocimiento, de la persecución del otro por ser otro: he ahí las dos guerras mundiales y demás genocidios.
Sin embargo, el monstruo de Frankenstein, si bien no es reconocido como un igual, como un semejante, como prójimo, no deja de tener algo de humano. Por eso este huérfano en busca de padre, que arroja niñas al agua para que floten como margaritas, resulta entrañable. Ahora bien, me parece que el monstruo que representa los sombríos inicios de este siglo XXI es el zombi, síntoma de una mayor deshumanización; porque el zombi no es ni siquiera otro; es la indeterminación entre la vida y la muerte; ni siquiera un animal, una cosa; es carne (flesh) que amenaza convertirnos en carne (meat). Doble deshumanización, doble irreconocimiento, que actúa en ambas direcciones. Es un retroceso a la indeterminación, al caos, lo que más nos aterroriza a los seres humanos.
Lo anterior me lleva a tu segunda pregunta: cómo me gustaría que fuera el mundo dentro de cien años. Si los hombres no cambiamos, está pregunta no tendrá sentido, porque tal vez no habrá hombres dentro de cien años. Pero me prohibí ponerme apocalíptico; así que permíteme soñar…
Nuestro gran reto es asumirnos como personas humanas y reconocer a los otros como nuestro prójimo. A los otros no sólo humanos… Te voy a contar algo que me emocionó y me hizo temblar: en la UNAM hicieron un experimento: conectaron electrodos a unos acociles y descubrieron que, cuando duermen, sueñan… ¿Cómo verán el mundo? Y, si estos seres tan primitivos, con un sistema nervioso tan rudimentario, sueñan, ¿qué no harán los delfines, las ballenas, nuestros medios hermanos, los primates superiores?
Debemos elegir nuestras prioridades y planear a largo plazo. ¿Es más importante ganar un par de dólares más o asegurar, para nuestros descendientes, un planeta habitable –hasta donde sabemos, el único–, con selvas y osos polares?
Me gustaría que el mundo dentro de cien años fuera verdaderamente el reino del hombre, reconciliado consigo mismo y con la naturaleza, en una nueva religión de real amor y sincero humanismo.