domingo, enero 11, 2015

Hacia un mejor Entendimiento de la Vida sin Dios a bordo de la nave del Habla



El poeta no se pregunta si la poesía es posible después de Auschwitz. Si esta cuestión es válida, lo es para los filósofos, los historiadores, los sociólogos… qué sé yo; en fin: para los académicos, quienes sabrán contestarla con mayor pertinencia. El poeta no, porque él tiene que escribir; obedece a una necesidad vital, y esto no es idealismo romántico, sino una verdad dolorosamente comprobada: en la gótica noche de Praga, Franz Kafka tose sangre sobre el manuscrito de El proceso; unas horas antes de entregarse al abrazo mortal del mar, Alfonsina Storni envía a La nación, el famoso soneto Voy a dormir; multiplicar los ejemplos sería ocioso.
Podrá objetarse que dichos autores no vivieron el Holocausto –aunque toda la familia de Kafka fue exterminada en los campos de concentración, para entonces él ya había sucumbido a la tuberculosis. Pero de lo que se trata es de ejemplificar la escritura como una necesidad vital, incluso superior a la conservación de la propia existencia. Sin embargo, permítaseme mencionar a alguien más. Todos conocemos su historia. Me refiero a una niñita llamada Ana Frank. Ante su testimonio, la pregunta con la que inicia este texto no sólo resulta impertinente, sino denigrante para el ser humano, que no sólo es capaz de todo el horror, como nos enseñó esta niñita que vivió todo el horror. Y, ¿qué me dicen de Imre Kertész y Wislawa Szymborska? ¿Se preguntan si la poesía es posible? No lo creo; ellos escriben. Él lo hace con una lucidez que derriba cualquier lugar común. Ella, con un sentido del humor que es síntoma de sabiduría.
En la lectura de una poetisa, no una poeta, quien, pese a ser poetisa fue lo bastante inteligente para capotear la pregunta, alguien, que no era tan inteligente, le pidió su opinión acerca de la poesía contemporánea, la escrita por jóvenes hoy día, que, adelantando la respuesta, acusó de ser ininteligible, coloquial, narrativa y fea. El problema no fue que los adjetivos asignados por la también poetisa fueran contradictorios, sino que su juicio apelaba a valores harto trasnochados e ignoraba el último siglo y medio de la historia de la poesía, y de la gran poesía.
El poeta no pone en duda la posibilidad de su labor, que le es impuesta como una necesidad vital, pero debe cuestionarse acerca de sus condiciones. En un mundo donde tantos son silenciados, ejercer la palabra conlleva una enorme responsabilidad. El primer deber del poeta es para con el texto. El segundo, para con la humanidad. ¿Es que acaso el poeta ya no es testigo y conciencia de su tiempo? ¿Ya no habla por todos los que callan? Tal vez éstas sean palabras mayores, seguramente son un ideal romántico; pero, en esta época descreída y mediocre, debemos aspirar al heroísmo, con la conciencia de que nunca podremos alcanzarlo.
Este niño-poeta, Andrés Cisneros de la Cruz, no respeta las buenas maneras, las de las buenas conciencias. Ya nos ha arrastrado a la cocina para mostrarnos que somos lo que comemos y nos comemos los unos a los otros: somos el plato principal –la cabeza en bandeja de plata, con una bola de papeles borroneados en la boca y guarnición de vísceras–, y hasta el matadero, donde nuestros cuerpos, pingajos sanguinolentos que la vida-muerte rasca y rasga, cuelgan de ganchos metálicos.
Ahora dice que no hay letras para escribir tu epitafio. ¿Al oído sordo de que muerto habla? Pues al del Padre, con mayúsculas. Si es Dios, hace mucho que la filosofía lo ha matado, tapiándolo entre paréntesis, pues no hay manera de probar ni de negar su existencia, cuyos razonamientos no se derrumben por su propio peso o al golpe de la más ligera brisa, como una torre de naipes. Si es el Ser, antecedido por el artículo determinado y también con mayúsculas, es decir, el Ser de la metafísica, ocurre algo parecido que si fuera Dios. También ha sido puesto en entredicho. La fenomenología ha desplazado a la metafísica.
¿Y si tal vez se trata del Padre a quien el psicoanálisis asigna la tarea de separar al hijo de la madre para introducirlo en el orden simbólico, es decir, en la Palabra, que es la casa, por no decir la última trinchera, del Ser? Separación que es escisión, corte mediante el cual se erige un sujeto ante un objeto siempre inalcanzable.
Pero, ¿qué pasa si el Padre ha muerto y no juega su papel en la tragedia? No podemos concebir nada más allá del lenguaje: el hombre es ser de lenguaje; pero, entonces, no sometida a la Ley, la Palabra desvaría, es decir, se convierte en poesía, que es conducir el delirio a la razón sin que éste deje de ser delirio, donde ocurren las epifanías. Por eso, aunque al poeta, y a cualquier persona, no le vaya mal, sino al contrario, saber de filosofía –como de matemáticas, biología, historia u ocultismo–, la poesía no le pide sustento a la filosofía. Son medios diferentes de conocer, y a cada cual según su talante. A mí me va mejor la poesía, pues, mientras la mayor parte de la filosofía deambula en dédalos abstractos, la poesía llega a lo universal a través de lo concreto, y, si la filosofía apela a la razón, la poesía también lo hace a la emoción.
La poesía es creación, encantamiento. Es liberar a la Palabra de la Ley del Padre, trastocar los mecanismos del lenguaje, incrementar la entropía en el sistema de la lengua. Es una labor de hormiga o de carcoma que socava los cimientos. Para que el sujeto, que es sólo en tanto dice y se dice, y el objeto se desconozcan, se entreveren en la falta que es amor.
¿Y si el muerto es el padre con minúscula, el de carne y hueso? Entonces el poema encarna la dolorosa experiencia de muchos de nosotros; la consabida historia detrás de, cada vez más, muchas puertas.
Esta es la riqueza del poemario de Andrés Cisneros de la Cruz: su polisemia, hablarnos en tantos niveles. Y hacerlo con una belleza convulsa, propia de la época que nos ha tocado vivir. Sus defectos, algunas construcciones sintácticas y algunos términos que no encajan del todo con el resto, son lo de menos.
Asomémonos a la tumba, bebamos la gota de veneno que Andrés nos ofrece, Matemos al padre y no le concedamos ni una letra para escribir su epitafio; así, quizás, nos liberaremos del falo que todos llevamos dentro y seremos, tal vez, un poco más nosotros mismos, aunque no seamos más que una imagen trémula en el agua.