domingo, enero 11, 2015

La belleza del mal



Conocí la poesía de Adriana Tafoya en su primer libro: Animales seniles, que trata un tema tabú: la sexualidad en la vejez. Somos animales sexuados en todo momento, de la concepción a la muerte; sin embargo, para la sociedad en la que vivimos, pareciera que únicamente lo somos al arribar a la adultez y hasta la edad madura, periodo en el que podemos ejercer nuestros goces, siempre y cuando no sean perversos –perdón, por un momento olvidé que ya no hay perversiones, sino parafilias. Sobre nuestro vecino del norte, es hipócrita, por decir lo menos, que un pueblo que condena tan severamente la pornografía infantil y la pedofilia, erotice de manera tan descarada, obscena, los cuerpos de las chiquillas en supuestos concursos de belleza. Los padres de adolescentes, prohíben a sus hijos regresar tarde cuando salen con sus amigos o parejas, y se hacen de la vista gorda ante todo lo demás, cierran los ojos al hecho de que sus retoños tienen ya vidas sexuales activas; aquí no pasa nada hasta que es demasiado tarde y hay que espantar a la cigüeña o curar la blenorragia. No hablar de la sexualidad, o reducirla a los órganos y sus funciones, es una forma de empobrecer un fenómeno infinitamente complejo, y también es un modo de matarnos.
Aunque hay antecedentes en la literatura, como la maravillosa novela de Gabriel García Márquez El amor en los tiempos del cólera y, más recientemente, Memorias de mis putas tristes, o el cuento de Clarice Lispector La búsqueda de la dignidad, el sólo pensar que los ancianos hagan el amor, nos causa repulsa: es una ridiculez, una cochinada. En gran parte, ello se debe al compulsivo culto a la juventud de nuestra sociedad. Pero en el poemario de Adriana Tafoya hay canas que se erizan de deseo, arrugas que tiemblan al contacto de otra piel, penes que aún se yerguen, váginas que vuelven a humedecerse. Hay amor aun en la muerte. Al leerlo, dije: he aquí una poeta poderosa, que tiene algo que decir y lo dice bien.
Admiro a los artistas que dominan su oficio, la técnica. Pero, más a los que, de manera consciente, escogen hablar por quienes no tienen voz y tratar los temas que la sociedad calla, que nos incomodan, que nos perturban: de los poetas malditos a Diamanda Galás. Aunque siempre en la historia del arte ha habido una corriente subterránea que se ha abocado a retratar lo que colectivamente se considera malo, cierto arte contemporáneo abierta y especialmente se regodea en lo abyecto, lo deforme, lo informe, lo monstruoso. Su riesgo es provocar el escándalo por sí mismo, sin procurar mayor reflexión.
Sangrías. Sangría es la extracción de cierta cantidad del líquido vital con fines medicinales, muy socorrida en otros tiempos, cuando la medicina no había hecho los progresos de los que disfrutamos ahora –de hecho, quien realizaba la sangría no solía ser el médico, sino el barbero, quien también podía amputar miembros y reducir fracturas, pues la cirugía no era bien vista– y aún practicada para tratar ciertos padecimientos. La sangría, cuando no devuelve la salud, mata.
No es casualidad que Adriana Tafoya haya titulado este poemario Sangrías y, Guillermo Fernández, su obra completa, Exutorio, que consiste en limpiar una herida o llaga eliminando el tejido muerto o inviable. Para el poeta, escribir es un placer culposo, repleto de dudas y sinsabores compensados por unas cuantas satisfacciones luminosas. Escribir es expulsar, abyectar lo que nos quita el sueño, nos roba el aire y la comida, nos presiona el pecho, nos impide vivir. Escribir es una labor sadomasoquista, es decir, perversa; perdón otra vez: parafílica.
Hay un poema cuyos tres fragmentos se intercalan con los otros quince textos que forman el libro: Sanguíneas. Sanguínea es un adjetivo que indica que algo es relativo a la sangre. Se relaciona etimológicamente con sanguina, una técnica de dibujo donde se utiliza un lápiz rojo oscuro hecho con hematites –hema: sangre. Dos palabras, significados emparentados, dos rostros: forma y sangre; Apolo y Dionisos.
Dicho poema inicia con una frase terrible: Si nadie piensa como tú, estás solo. Todos pensamos de manera diferente, por tanto, todos estamos solos. Y la soledad atraviesa el libro de cabo a rabo: solo está el perro que busca huevos entre basura; solo el travesti cuyo embuste feliz lo hace vulnerable a la violencia; solo el mutilado que pide limosna y a quien excitan las jóvenes que seguramente lo rechazan; sola la madre que recuerda a sus amantes idos y solos sus hijos que no tienen una parcela en su memoria, y solos los miembros de la pareja que se debaten entre el amor y la violencia; perdón, me equivoqué de nuevo, todo amor es violento.
Esto me lleva al último punto que quiero tratar: Sangrías es un poemario, en muchos momentos, tremendamente erótico, pero no es el erotismo fácil –y pornográfico– de cierta literatura mal llamada femenina. Adriana Tafoya cuestiona a Eros y lo enfrenta con Tánatos, su siamés. No hay placer sin dolor. Y, cuando estamos más cerca de la vida, lo estamos, también, de la muerte. No por nada se le llama al orgasmo pequeña muerte.
No a muchos les gusta el arte contemporáneo, pues exige de nosotros espectadores dos cosas: un estómago duro y una inteligencia abierta a las preguntas. Una belleza convulsa acorde con los tiempos. Adriana Tafoya ha dispuesto un tablero de ajedrez cuyas casillas y figuras son rojas y negras: ¿aceptan la partida? Como en todo juego, lo más importante no es quién gana y quién pierde, sino el hecho mismo de jugar.