domingo, enero 11, 2015

La difusión de la ciencia: una labor imprescindible



En algún sombrío momento entre el siglo III y el IV d.C., la Biblioteca de Alejandría fue destruida. Las fuentes históricas difieren en si ello se debió a un saqueo, un incendio, un terremoto o el ciego fervor de una horda de fanáticos. Lo cierto es que con ella se perdió gran parte del saber antiguo, principalmente el de los griegos –pueblo especialmente dedicado al pensamiento, que dio a luz, en un parto realmente accidentado y doloroso, a nuestra cultura occidental. Nunca sabremos el monto de lo perdido ni qué hubiera significado su conservación; tal vez la humanidad hubiera dado un salto de milenios en su desarrollo científico y tecnológico.
A lo largo del tiempo, aun en los periodos de mayor oscurantismo, siempre ha habido personas dedicadas a aumentar, preservar y difundir nuestro conocimiento sobre nosotros mismos y sobre el mundo que nos rodea, incluso a costa de su bienestar y de su propia vida. ¿Por qué? Porque conocer es una actividad esencialmente humana. El famoso cogito ergo sum puede explicarse así: Descartes se enfrentó al problema de la verdad, quería encontrar un saber cuya verdad fuera irrefutable; entonces, comenzó por dudar sistemáticamente de todo, pero no podía dudar de que dudaba; y, si dudaba, pensaba; y, si pensaba, era. Pensar nos hace ser. Más aun, María Zambrano afirmó que las cosas, incluidas nuestras propias vivencias, nos piden que las transformemos en objetos de conciencia, es decir, de conocimiento, para dotarlas de realidad, de ser. Y esto nos hace infinitamente responsables de nosotros y de nuestro mundo.
Si hay personas que han consagrado su ser entero al saber, por ese mero hecho, nuestra obligación moral es tratar de comprenderlas. Pero, ¿de qué sirve el conocimiento científico en la vida diaria? De mucho. Si supiéramos un poco, procuraríamos generar menos basura, cuidar el agua, ahorrar energía y realizar todas aquellas acciones que ayudan a conservar la salud de nuestro planeta; tendríamos un mayor respeto por los otros seres vivos, porque también sienten, sueñan y, al parecer, algunos son capaces de generar y comunicar pensamientos complejos; sabríamos que el VIH-Sida sólo se contagia por el intercambio de fluidos y no discriminaríamos a quienes viven con él, y que cada vez está más cerca la creación de una vacuna, de una cura para éste y otros males; comprenderíamos que la investigación con células madre promete más beneficios reales que los problemas, todos de orden moral, que acarrea, pues los ciegos podrían ver, los sordos, oír, los paralíticos, caminar, podríamos crear órganos de repuesto a partir de nuestras propias células y solucionaríamos padecimientos que actualmente son una enorme carga social, como la diabetes y enfermedades degenerativas como el Parkinson y el Alzheimer; sabríamos que la homosexualidad es natural y que el mundo no se divide en blanco y negro, sino que tiene una infinita riqueza de colores, aceptaríamos las diferencias…
Si embargo, no podemos olvidar un hecho fundamental: la ciencia se ha convertido en un nuevo paradigma, algo así como una nueva religión. Una ciencia y una técnica sin límites morales resultan peligrosas, realmente terribles, pues podrían conducirnos a la deshumanización, a la destrucción. Conocerlas nos ayudaría también a ponerles esos límites necesarios.